Feb 01

Por Miguel Angel González

                     

     Hace algunos años se hizo un estudio del ADN en nuestras islas con el resultado de que los pitiusos retienen en sus genes trazas semitas de aquellos beduinos del Sinaí, nietos de Noé, que en los escoriales de Rub al-Khali tomaban el té bajo los terebintos y que, en determinado momento, cambiando su desierto por el mar, vinieron al Occidente que entonces era el Dorado, el Far West del mundo antiguo.

     El cambio que los semitas hicieron cambiando sus yermas arenas por nuestras aguas occidentales no fue tan radical como puede parecer porque en el mar vieron una forma de desierto y cabalgaron barcas como antes habían cabalgado camellos. En vez de dehesas para sus rebaños, dispusieron de factorías en ensenadas recoletas y el primitivo aislamiento de sus seculares eriales lo mantuvieron en la insularidad de las islas. Vivieron más en el mar que en tierra firme, pero en ningún momento perdieron el secular nomadismo de sus ancestros. Fueron los nómadas del mar.

     En nuestros orígenes más lejanos nos topamos con los amorritas y los cananeos, que ocuparon el codo mediterráneo de la actual Palestina que luego sería Fenicia, razón de que les llamaran phoinikes o fenicios, ‘los hombres rojos’, gentes del país de la púrpura, aquella preciada tintura que obtenían del murex trunculus y del murex brandaris –nuestro cornet– que en Ibiza trabajaban, por ejemplo, en el Canal d’en Martí. Según parece, el pequeño caracol machacado y emblandecido al sol segrega un líquido que se vuelve azul y luego rojo intenso.

Coquillas
     De aquella industria tuve noticia cuando hace algunos años coincidí en es Pou des Lleó con un grupo de excavación que sacó a la luz una montaña de coquillas, restos ingentes de nuestro familiar gasterópodo triturado. Me explicaron, sin embargo, que aquel prodigioso colorante no fue un invento fenicio, sino un descubrimiento que estos hicieron al conquistar Ugarit; y que aquel tinte tenía un olor de todos los demonios, pero que para los fenicios ‘el dinero no tenía olor’, de manera que se enriquecieron con él. De hecho, comerciaban con todo lo que caía en sus manos, como cuenta Ezequiel, que se informó en los archivos de Babilonia y que en su bíblica relatoria nos dejó el mejor documento de la economía fenicia.

     Por él sabemos que, además de destacar en la construcción naval, negociaban con caballos, esclavos, metales preciosos, ébano, madera de cedro, marfil, lino, sedas, bálsamo, miel, aceite, resinas, vino, canela, tapices, brocados, productos de belleza, joyas y adornos, especias, vidriados y un larguísimo etcétera. Algunos estudiosos afirman que los fenicios, con su comercio, inventaron el capitalismo.

     Nuestra isla, sin embargo, no era un lugar de producción de toda aquella variopinta mercadería que trajinaban bajo la firma, pongo por caso, de ‘Baal, hijos y Cía’. Ibiza fue más bien, una base estratégica de escala y aprovisionamiento, una estación de tránsito para las naves que cruzaban el Mediterráneo entre norte y sur, entre el este y el oeste. Viajes que, por lo general, eran comerciales, para procurarse intercambios que les fueran beneficiosos. Dicho esto, la cuestión es si pudo desaparecer sin dejar rastro un pueblo como aquel. Yo creo que no y la prueba la tenemos precisamente en Ibiza, donde disponemos de la que es, posiblemente, la necrópolis púnica mayor y mejor conservada, de un número considerable de asentamientos rurales con santuarios como los que hubo en s’Illa Plana, Puig d’en Valls y es Culleram y, por supuesto, de un formidable museo. Un patrimonio privilegiado si tenemos en cuenta que Cartago fue de tal modo arrasada que los arqueólogos saltan de alegría cuando consiguen desenterrar un ladrillo incontestablemente cartaginés.

     Pero la huella fenicia en nuestra isla tiene muchas otras lecturas y me pregunto si nosotros no somos, por así decirlo, fenicios modernos. De hecho, seguimos viviendo del comercio. Poseemos tan escasos recursos como la antigua Fenicia, pero tenemos sobradas aptitudes para los negocios y el mercadeo, circunstancia que nos da una inventiva y capacidad económica de la que carecen otras geografías más grandes y ricas. Podríamos decir que, como nuestros ancestros, en nosotros también se da una extraña mezcla de indolencia árabe, agudo sentido mercantil y, como diríamos hoy, el savoir vivre francés. No es una mala combinación. Es cierto que el producto de nuestro comercio es distinto –vendemos paisajes, un clima bonancible, sol, mar y fiesta en los mejores night clubs del mundo–, pero el sentido del negocio y la especulación sigue siendo el mismo. Y no lo hacemos del todo mal cuando el sólo nombre de Ibiza vende.

Fenicios a nuestra manera
     Amables, orgullosos, discretos, tolerantes y tradicionalmente hospitalarios, seguimos siendo fenicios a nuestra manera. Y de ello deberíamos sentirnos orgullosos, no en vano los púnicos –cosa que suele ignorarse o minimizarse– fueron maestros de los griegos y de los romanos que, por envidia y miedo –Roma tuvo por ellos la soga al cuello–, fueron los que les dieron la mala fama que ya empezó con Homero y Herodoto. Lo cierto es que incluso Europa debe su nombre a los fenicios, que nos dieron también el alfabeto. Tales de Mileto era medio fenicio, Zenón lo era de pura cepa y cartagineses fueron también Tertuliano y San Agustín. Fenicia, finalmente, fue absorbida por la historia, pero nuestra isla, como sucedía hace tres mil años y comentaba el siciliano Diodoro, sigue hoy, como cuando entonces, «habitada por toda clase de extranjeros». Mientras, los arqueólogos siguen regresándonos al origen con los descubrimientos que continuamente afloran en nuestra ruralía, así como en el entorno y en el subsuelo de la ciudad. Y la impresión que uno tiene es que aún nos queda mucho por descubrir de aquella protohistoria que no deja de sorprendernos y de alimentar nuestra imaginación. Afortunadamente.

    

escrito por vicente


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