Dic 28

Por Alberto Ferrer, diariodeibiza.es

 

     Las familias de cinco fareros repasan sus años en sa Conillera, entre las estrecheces de una vida en la que solo cabía lo que podía embarcarse en ´Na Salvadora´, la barcaza que les suministraba los víveres y el combustible del faro, la señal marítima que justificaba la presencia de todos ellos en el islote. Aunque los niños ponían a prueba su ingenio para sus juegos, ninguno recuerda haberse aburrido allí.

     En sa Conillera hubo cabras, aunque desaparecieron sin que nadie sepa seguro el motivo. Alguien del público sugirió que un barco militar americano se hizo con todas para alimentar a la tropa. Hoy la habitan unos lustrosos conejos, que dan nombre al enclave, pero los animales que más impresionaron a Carmen Ribas, hija de Toni de Can Vinyas, uno de sus últimos fareros, son las enormes ratas. «De noche no podías salir», recordaba con un respingo, en la conferencia organizada por el personal de las Reservas Naturales de es Vedrà, es Vedranell y los islotes de Ponent el pasado mes de marzo para que las familias de los últimos fareros explicaran cómo era la vida, pendientes de que la luz nunca se apagara en sa Conillera.

     Y es que los roedores, por lo visto, tienen un tamaño tan descomunal que el desaparecido Francisco Fernández, Paco des Faro, alguna vez los confundió con conejos, según su hijo Lluís. Porque los cazaban, a los conejos, y para su técnica resultaba vital la intervención del propio faro: «Siempre tirábamos las sobras en el mismo sitio», delante de la ventana con orientación sur, y esperaban «a cuando pasaba la luz del faro» para ver si había alguna presa. Las cobraban por dos métodos; si los querían vivos, tiraban desde la ventana de una red tendida previamente que les atrapaba las patas o, en caso contrario, les descerrajaban un tiro. Y con la tenue luz de la linterna no era fácil adivinar lo que se había cazado.

     Incluso hubo una mula. Al menos Esteban Costa, hijo de Pep des Botafoc, recuerda que su abuelo, también farero, así se lo contó. El animal tiraba del carro con los víveres y suministros desde el pequeño puerto por los casi tres kilómetros de cuesta que hay hasta el faro. Pero en los años 50 el animal desapareció, y del carro tiraban entonces los fareros, recordaba Antoni Rosselló, hijo de Toni de Can Coix, hasta que Toni Vinyas, se llevó su moto al islote. Le adosaron un remolque y con ella se acabaron las palizas con la carga. «La dejaba en la isla para los fareros», incluso cuando él estaba en Ibiza, recordaba su hija. No sería hasta avanzados los años 60 que el Ministerio de Obras Públicas se hizo cargo de la situación y destinó a sa Conillera un motocarro, relevado del servicio en 2010 y retirado de la isla el año pasado, reapareció, restaurado y sin corrosión, en la reciente feria de motos clásicas de Santa Eulària.

     Luis disfrutaba tanto en sa Conillera que a la que podía se iba para allá, incluso si no le tocaba turno a su padre. Afirma que incluso aprendió a caminar en la isla. Le enseñaron «los soldados» que había destinados en un pequeño retén en el islote, dos o tres, «después de la guerra».

     Para pasar el rato, él se inventaba juegos tan pintorescos como el que practicaban en una terraza de cemento orientada a la tramontana: «Nos dejábamos picar por los mosquitos, a ver quién mataba más».

     Rosselló, por su parte, da gracias a la ensaladilla rusa, por las latas. Con ellas se hacía coches y todo tipo de vehículos: «Las de atún, más redondeadas, iban mejor, las de sardinas cortan menos el aire», rememoraba. También miraban por el catalejo a ver quién salía de la isla o se dedicaban a contar barcos.

     A menudo recibían la visita de amigos y familia de la isla mayor, comían bajo las sabinas y hacían «xacota», recordaba Paquita, la hija de Vicente Mayans. Y tampoco en sa Conillera se libraban de los turistas, que traían dos vecinos de Portmany en barca y pasaban el día con ellos, comiendo el pescado que capturaban los fareros.

     Los chavales vivían en la isla solo en verano, cuando los fareros se podían llevar a toda la familia con ellos. El resto del año, sus padres se iban solos al faro durante la rotación que les tocaba –cada 15 días en los años 60– y mantenían el contacto por radio con la familia.

     Paquita, hija de Vicent Mayans, recordaba la estancia del faro de ses Coves Blanques donde estaba la emisora, y que «muchas veces no funcionaba». Por eso cada familia desarrolló su propio código de pitidos, toques y crujidos para saber cómo estaban las cosas por el islote. «Da dos toques si tenéis comida, uno si estáis bien», ponía como ejemplo.

     Antonia, viuda de Pep des Botafoc, relató que sus suegros –él también era farero– tenían pactada cierta hora del día para que él oteara hacia Sant Antoni. Si en la costa veía un fuego «es que había pasado algo importante y tenía que venir», cogiendo el llaüt al día siguiente.

     Se llevaba un registro exhaustivo de todo, incluso el combustible para los quinqués se debía detraer del suministro de petróleo para el faro y llevar la cuenta exacta de lo que se gastaba. «Si un plato se rompía, había que anotarlo», explicó Paquita, con vistas a su reposición. «Y guardar los trozos por si venía una inspección a comprobar» que efectivamente se había roto un plato, apostilló Antonio Rosselló, que lamenta no haber hecho copia de los elaborados registros meteorológicos o de intendencia que llevaba su padre.

     Gracias a sus recuerdos, los asistentes que abarrotaron la sala del faro de ses Coves Blanques se pudieron hacer a la idea de cómo evolucionaron las condiciones del servicio y de las familias de los fareros, pendientes siempre de que no se apagara la linterna, hasta que la tecnología hizo innecesario vivir ya en la isla para controlar el faro. «Tras comprobar el cierre de puertas y ventanas con desarrollo satisfactorio», reza la anotación de 15 de diciembre de 1971, se marchó de sa Conillera su último residente.

El ermitaño y los sacos de leche en polvo

     Antonio Rosselló explicó que en la isla, por la época en la que su padre trabajó en el faro, había también un ermitaño. «Sabíamos que estaba, pero nunca lo vimos», recordaba ayer. Por lo que pudo averiguar del asunto entonces, los fareros tenían alguna relación con él, que se limitaba a dejarse notas escritas. «´Señor ermitaño´, le ponían, y a continuación lo que fuera». Y el anacoreta, cuando encontraba el papel, que le dejaban en las inmediaciones del embarcadero, «lo borraba y escribía él», relató Rosselló a un público asombrado. ¿De qué vivía? «A saber», contestó, aunque en la isla abundan los conejos y se pescaban buenas piezas en sus aguas, como prueban las fotos de Toni de Can Vinyas.

     Tras un temporal, los fareros salían a ver qué había arrastrado hasta las costas del islote. Esteban Costa relató que su abuelo le explicó que en ocasiones aparecieron incluso cuerpos de algún naufragio que se enterrarían sin funeral en la misma isla. El mar devuelve todo tipo de cosas, incluso una enorme viga que emplearon en la casa de su abuela se la encontraron flotando tras un temporal, explicó. Elena Ribas, informadora de la Reservas Naturales, añadió que no hace mucho apareció una viga se sabina de 10 metros de largo flotando cerca de sa Conillera.

     Ninguno de los presentes recordaba que la isla viviera un naufragio en su costa, pero sí que intervinieron para ayudar alguna embarcación a la deriva. Para los fareros era una obligación humanitaria, y en ocasiones traía recompensa. Carlos Fernández, hijo de Paco des Faro recordaba que alguna vez, después de ayudar a algún navegante con problemas, aparecían a la puerta de su casa «unas botellas de champán o chocolates». Incluso una vez les cayeron en casa «dos sacos de leche en polvo».

Una alarma frente a un apagón del faro

     Se supone que los fareros debían permanecer en vela para asegurar que la linterna no se apagara. Pero en sa Conillera un avispado farero dio con la solución. Empleando un bote de leche condensada La Lechera, Blas Perelló ingenió una alarma conectada a su dormitorio que le permitiría despertarse si algo fallaba. Le explicó su hallazgo como si tal cosa a un ingeniero madrileño de visita en el faro «y este corrió a patentarlo como si fuera cosa suya», recordó Luis Fernández, quien explicó la anécdota. Antonio Rosselló comentó que su padre, además de esta ´alarma´, ubicó un espejo ante su ventana, que tenía siempre abierta, para que le reflejara la luz del faro. Que se apagara –y sucedió una vez– era una «mancha horrible» en el historial de la instalación.  

    

Cortesía de Diario de Ibiza      

Más información en www.diariodeibiza.es

escrito por vicente


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