Nov 02

Por Miguel Angel González, diariodeibiza.es

      

     La historia de nuestras islas, desde los vestigios megalíticos de Ca na Costa a nuestros días, nos descubre que la realidad supera con mucho a la ficción. Con una dilatada memoria de casi tres mil años, nuestras islas han sido arcadias paradisíacas, lugares ignorados y pobres, fragua de mitos y leyendas, escenario de piratas, el sueño imposible de una juventud desnortada y, en estos últimos días, destino privilegiado para el turismo que nos invade todos los veranos.

     En un pasado tan dilatado como el de nuestras islas que nos permite retroceder casi seis mil años, es lógico que, además de los pueblos que vinieron para quedarse, púnicos, árabes y catalanes, haya habido algunos otros que vinieron y se fueron, gentes de paso. Fue el caso de romanos, bizantinos y normandos. De ellos nos han quedado escasos vestigios y una breve memoria de tiempos de indefinición y decadencia que hoy vemos como pequeños paréntesis entre momentos más estables y mejor conocidos. La romanización, por ejemplo, pasó hasta tal punto de puntillas por nuestras islas que el talante oriental fenicio-púnico se mantuvo hasta el final de la ocupación islámica. A este respecto, comentaba San Agustín, obispo de Hipona, que todos los campesinos de su diócesis, en pleno siglo V d.C.., mantenían la lengua y la identidad cartaginesa. Cabe pensar que también nuestra isla mantuvo aquel talante oriental, sin que importara que ´Ybshm fuera reconocida como Ebusus, Insulae Augustae, municipio romano de pleno derecho integrado en la provincia Citerior Tarraconensis. De hecho, es muy posible que mirando nuestro pasado en su conjunto, aquellos tiempos más antiguos de Ibosim y Yâbisa hayan sido los más tranquilos y prósperos de toda nuestra historia.

Páginas en blanco
     En todo caso, de nuestro pasado seguimos teniendo demasiadas páginas en blanco. En el largo entreacto que va del siglo II a.C. a finales del VIII, cuando detectamos la primera presencia islámica en Ibiza, no sabemos gran cosa. Es cierto que con Augusto parece darse cierta recuperación, pero en general son malos años. El medio rural pierde población, la actividad comercial se desploma, la emisión de moneda sufre interrupciones y las condiciones de vida empeoran. Son tiempos oscuros. Los siglos VIII y IX son tierra de nadie. El Mediterráneo occidental, lejos del mundo bizantino que tenía su cabeza en la lejana Toledo, se convierte en un ámbito inestable en el que facciones disidentes de variado pelaje se dedican a la piratería, situación que no encuentra pacificación hasta la época califal, con Abd al Rahman III, cuando nuestras islas pasan a depender de Córdoba. Después, la taifa de Denia se independiza y un tal Muyahid al´Amiri controla el archipiélago hasta que Al-Mutadir de Zaragoza se apodera de Denia y las tres islas pasan a tener vida independiente bajo el gobierno de Al-Murtadâ, valí de Mayurqa. Le sucede Mubassir que gobierna hasta la cruzada pisano-catalana de 1114. Los almorávides reconquistan inmediatamente las islas pero son tiempos que conocemos mal. Sólo sabemos que desde el 1203 las islas quedan bajo el poder almohade hasta que, finalmente, la conquista catalana de 1235 consigue la definitiva incorporación de Eivissa al orbe cristiano. Para mal, porque la situación empeora tras la conquista catalana. La isla sufre la miseria generalizada y la drástica despoblación que acusa un documento de 1335 que suplica la incorporación de cautivos para trabajar en las salinas y en los campos.

     Si las Ordinacions de Jaume II facilitan la colonización del campo con la creación de ´pueblas´ en las islas mayores, en Ibiza la carta de franquicias mantiene una situación insostenible y arcaica. Y la cosa empeora. Tras la toma de Constantinopla por los turcos y el desplazamiento de los intereses al Atlántico tras el descubrimiento de América, el Mediterráneo pierde interés y se convierte en una descuidada trastienda, circunstancia que aprovechan berberiscos y turcos con sus razias sobre el levante peninsular y las islas, ataques que les aportan copiosos botines y cautivos por los que piden rescate o pueden vender como esclavos. Finalmente, la corona se da cuenta de que conviene proteger el occidente mediterráneo y de ahí que en el siglo XVI se levanten las monumentales murallas que conocemos, pero las incursiones piratas siguen atacando las casas dispersas del medio rural, una penosa situación que se mantiene durante los siglos XVII y XVIII. El aislamiento y el acoso es tal que hay momentos en los que la endémica falta de alimentos provoca hambrunas como recoge la carta que los Jurados de la Universidad dirigen al Rey el 1626 advirtiéndole de la miseria, la incultura y el abandono que sufren las islas. Y para más inri, la peste bubónica de 1652 mata a más del 50 % de la población de Dalt Vila y obliga a improvisar tres nuevos cementerios, epidemia que se repite el 1682, después de tres años de terribles inundaciones que echan a perder toda la cosecha de sal.

Ilustración
     La Ilustración del XVIII llega con retraso y con rebajas. Es cierto que, después, las cosas van cambiando, que se crean mercados, llega el suministro de agua potable, se construye el Hospicio, la Casa de la Caridad y el Hospital de los pobres, pero el siglo XIX registra todavía graves problemas porque la situación política es inestable y la isla vive insurrecciones populares en un contexto de miseria estructural agravada por sucesivas sequías, temporales y malas cosechas. Nuestras islas están entonces muy lejos de ser un paraíso y, de hecho, se convierte en un lugar de destierro por el que vemos circular deportados, confinados y presidiarios. Pasan los años y, cuando el siglo acaba –seguimos en el XIX–, llegan a la isla los primeros viajeros, el Archiduque Luis Salvador, Vuillier y otros, pero la situación que las crónicas dibujan de aquellos años no son tampoco para tirar cohetes. Basta releer las ´Costumbres de las Pitiusas´ de Victor Navarro (1901), obra premiada por la Academia de Ciencias Morales y Políticas, que nos da uno de los textos más incisivos y críticos que yo conozco sobre la vida que llevan y soportan los ibicencos en el cambio de siglo. La situación no cambiará de signo hasta mediados del siglo pasado, años a los que ya nos alcanza la memoria, cuando el invento del turismo nos saca finalmente del largo túnel de un pasado azaroso que, aunque sea a vuela pluma como hacemos aquí, conviene recordar.

     

Cortesía de Diario de Ibiza           

Más información en www.diariodeibiza.es

escrito por vicente


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