Oct 19

Por Miguel Angel González, diariodeibiza.es

    

     El aprovechamiento del carbón vegetal fue fruto del azar. Tras el incendio de un bosque, alguien comprobó que, debajo de las cenizas, las raíces que se habían quemado enterradas eran brasas que seguían ardiendo. Aquello pudo dar la idea de las carboneras, enterrar troncos y prenderles fuego para conseguir lo que conocemos hoy como carbón. Desde entonces, aquel fue el principal combustible hasta la aparición del petróleo y la electricidad. Y aunque también en nuestra isla conseguir carbón fue una actividad común de nuestros payeses, no en vano les daba calor, alumbraba sus noches y contribuía a su magra economía, hoy es imposible toparse con una sitja o carbonera, salvo que, como es tradición en es Cubells, se haga para que no nos olvidemos del esforzado trabajo de los carboneros. Aún recuerdo la carbonera que hace algunos años se hizo junto la Font d´en Xiquets y que se convirtió un una fiesta que estuvo animada con canciones y bailes. Lo mejor de tan voluntariosa recuperación –que no es sólo de sitges, pues también se han seguido haciendo forns de cal y quitrà– es que todavía encontramos a quien puede hablarnos de aquellas actividades rurales desaparecidas.

     Las carboneras se hacían preferentemente en invierno, cuando la madera es poco resinosa y tiene menos agua. Convenía disponer de un claro en el bosque del que se extraía la leña que se amontonaba, cuidando de separar el ramaje menudo de los troncos más gruesos, a los que generalmente se les quitaba la carrasca. Las carboneras podían levantarse con pequeñas diferencias –cada payés tenía su pequeño secreto–, pero en lo esencial coincidían todas. La base de la sitja o pallol se hacía con los troncos más largos sobre los que se colocaban otros de través y encima iba toda la otra leña bien apilada: en la parte baja y en el interior la de más entidad y el ramaje más ligero en la zona perimetral y más alta. Según se colocaban los troncos, las carboneras podían ser horizontales o verticales. «Col·locar sa llenya era tot un art. Havia de quedar prou amuntegada perquè n´hi capigués com més millor, però s´havia de posar amb coneixement perquè fes una combustió uniforme. En acabar es caramull, a dalt de tot i enmig, s´hi deixava un forat o ull i, quan s´havia col·locat tota sa llenya, es feia, voltant-voltant, un paredat de pedres que tenia més o menys filades segons fos de grossa sa sitja. Sota es paredat també es deixaven forats o fumeres, i damunt es paredat anava un cordó de terra ben atapeïda. Tota sa sitja la tapàvem de terra i càrritx, deixant sempre s´ull obert i tancant ses fumeres. Tot seguit, fèiem una bona caliuada i la tiràvem a s´ull. Alguns carboners encenien sa sitja per una boca que es feia, com una fumera més grossa, a sa part baixa.. Sa sitja començava a cremar baix de tot i anava pujant a poc a poc. En sortir per s´ull deiem que ´coronava´ i era quan sa llenya començava a coure. Clobriem tot seguit s´ull amb una llauna i terra, i es carboner havia de governar sa sitja tapant i destapant ses fumeres, segons d´on bufés es vent. Si hi entrava massa aire es feia flama i llavors, en lloc de carbó, es feia cendra. Per això, si per algun forat sortia flama, s´havia de córrer a tirar-hi terra perquè no s´encengués tota. A més a més, una sitja s´havia d´alimentar o abossonar dues o tres vegades, cosa que fèiem ficant per s´ull llenya i rabasses amb un burxó llarg».

     La carbonera no se podía dejar ni un momento durante los días y las noches que duraba el cocimiento, porque un desplome hacía perder mucho carbón. El truco residía en que la leña se cociera sin llama. El payés conocía la marcha de la carbonización por el color del humo y sabía que la operación acababa cuando por los respiraderos salían llamas que se iban ahogando con tierra. Pasados dos días, la carbonera se podía desmontar, siempre desde arriba, trabajo complicado porque nunca estaba del todo apagada. Algunos troncos no quedaban del todo carbonizados –fumalls–, y con ellos podía hacerse otra carbonera menor o sitjó. Lo que sucedía en la carbonización de la leña era que, al calentarse sin estar en contacto con el aire, desprendía hidrocarburos, ácido carbónico, hidrógeno y óxido de carbono, quedando un residuo no volátil: el carbón de leña. Y cuanto más elevada era la temperatura de la sitja, tanto menor era la proporción de carbón resultante. Empleando la misma leña, el rendimiento del carbón, a 250º, llegaba hasta el 50 %. Y con 400º hasta el 20 %. Otro dato curioso es que la misma leña, expuesta a una misma temperatura, producía cantidades de carbón proporcionales a la duración de la carbonización, de manera que cuando ésta era lenta el rendimiento doblaba el que se obtenía si se trabajaba con prisas. La proporción del carbono del carbón –razón de su calidad– dependía de la temperatura de la sitja: a 250º era del 65%, pero a 400º alcanzaba el 80º. El buen carbón de leña debía ser brillante, de color negro azulado y, aunque redujera mucho su tamaño, conservar la estructura del leño. También debía tiznar poco y arder sin llamas, con poco humo. El carbón ibicenco, por las maderas de la isla que se utilizaban, –principalmente pino, lentisco y acebuche– era de baja calidad, ligero y poroso, de llama fácil y luminosa, pero de poder calorífico limitado: «És un carbó que fa moltes guspires, crema amb alegria però amb poca força. En temps passats –me comentan– de llenya d´ullastre, olivera i savina se n´emprava poca per a fer carbó perquè quasi tota era per obrar». Un último aspecto que conviene subrayar se refiere al beneficio que para la sostenibilidad del bosque proporcionaban las carboneras. Hoy no podemos volver al carbón, pero nuestra desmesurada masa forestal debería encontrar aprovechamiento, aunque sólo fuera como biomasa. Mantendríamos limpios los bosques y reduciríamos el riesgo de incendios.

    

Cortesía de Diario de Ibiza     

Más información en www.diariodeibiza.es

escrito por vicente


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