Ago 17

Por Miguel Angel González, diariodeibiza.es

    

     Tiempo después de aprender las primeras letras y cuando ya conseguíamos leer de corrido, los chicos de La Consolación sufrimos el castigo de las llamadas ´lecturas ejemplares´, fragmentos de clásicos que para nosotros eran entonces insufribles y que tenían su mejor exponente en aquellas inefables fábulas de Esopo y Samaniego que, en ocasiones, sorpresivamente, incluían pasajes sicalípticos y maliciosos –es decir, no tan virtuosos y edificantes como las monjas querían que fuesen–, circunstancia que la sor de turno abortaba con un ´por hoy ya está bien´, pero que no tenía mañana porque la lectura de marras que había conseguido ruborizar a la monja quedaba, para siempre jamás, en la lista de las lecturas prohibidas.

     Sin embargo, curiosamente, aquellos incidentes que se producían de vez en cuando no desterraban del todo a Esopo y Samaniego, autores de mucha moralina y muy del gusto del Cuerpo de Censores. Tuvo que ser por aquel entonces, –tendríamos nosotros seis o siete años–, cuando aparecieron en las tabletas de chocolate –no recuerdo si en las de Tárrega, Torras, Ametller o La Campana–, además de los cromos, unas fantásticas narraciones en formato liliputiense, los Cuentos de Calleja, un invento del avispado don Saturnino Calleja que alcanzó gran predicamento. Todavía conservo algunos de aquellos cuentos en una caja de cartón y compruebo, no sin cierta perplejidad, que tenían títulos tan chuscos como ´Paco I el Napias´, ´Los buñuelos de la Reina´, ´Bofetadas a las doce´, ´La mentira más grande´, ´El mundo del revés o Miguelito tarambana´. Otros títulos eran extrañamente orientalizantes como ´Chin-Pirri-Pi-Chin´, ´Chan-Kilin-Kon-Kun´ o ´Khing-Chu-Fu´. Y eso sí, se llamaran como se llamasen, todos llevaban en la contraportada la preceptiva leyenda de «Cuento moral publicado con permiso de la Autoridad Eclesiástica», lo que dejaba muy claro de qué iba la cosa. Fueran como fuesen, nosotros los preferíamos a las fábulas citadas de Esopo y Samaniego que siempre andaban a vueltas con animales parlantes y topicazos que nos aburrían como el zorro astuto, el lobo traicionero, el chacal rastrero, la hormiga trabajadora, la abeja sabia y la cigarra perezosa. Los cuentos de Calleja, en cambio, nos hablaban de caballeros que se enfrentaban a terribles dragones, de brujas y magos, de hadas y duendes, de viajes fantásticos, navegaciones, paisajes exóticos y tesoros ocultos.
     El hecho es que al toparme con aquellos cuentos ahora, ya sexagenario, me ha causado cierto desasosiego la tentación irresistible de volver a leer algunas de aquellas historias. Les confieso que he tenido que hacerlo a escondidas, pues me daba vergüenza que me pillaran en semejantes fantasías. Pero dicho esto, debo reconocer que, al concluir la lectura de seis cuentos, la vergüenza que he sentido no ha sido por ellos, sino por las demenciales propuestas depredadoras que viven nuestros niños en las pantallas de sus Play-Stations. Y es que en lo que sigo encontrando en aquellas ingenuas narraciones es honradez, hospitalidad, compasión, perseverancia, coraje y sabiduría. No deja de sorprender que, ya entonces, apareciera el mensaje de que, si no queríamos destruir el mundo, debíamos respetar a la naturaleza y a los animales. Me ha parecido, por su anticipación, una advertencia sorprendente.
     El caso es que muy pronto descubrimos que aquellos pequeños cuentos miniaturizados y enchocolatados que leímos en nuestros pocos años provenían de otros de mayor formato, ilustrados por artistas como Santiago Regidor, Narciso Méndez Briga o Salvador Bartolozzi. Y sucedió, como había previsto el muy cuco de don Saturnino, su inventor, que los cuentos pequeños nos llevaron a los grandes, que se vendían como rosquillas en la librería Verdera, que estaba en la calle Guillem de Montgrí, y la otra de la calle Azara que llamábamos ´La Imprenta´ porque allí se imprimía el Diario de Ibiza. Recuerdo que aquellos cuentos de Calleja –los grandes, los de tamaño natural–, eran muy apreciados y aparecían por Reyes, en los cumpleaños o cuando, al caérsenos un diente, nos los dejaba debajo de la almohada el ratoncito Pérez. Todos los chicos de entonces, hasta bien entrados los años cincuenta, tuvimos en nuestras casas muchas de aquellas melifluas y edificantes historias.
     Tuvieron que publicarse cientos de ellos, porque fue precisamente entonces cuando se empezó a decir aquello de «tienes más cuento que Calleja», frase que descalificaba a los liosos, chismosos, cotillas y correveidiles. De alguna manera, aquel mundo fantástico me ha hecho pensar en nuestros barruguets, follets y fameliars, los seres traviesos, saltarines y juguetones que más me atraían y que me han hecho recordar aquella sabia frase de Axel Munthe, el eminente médico que nos legó la prodigiosa hHistoria de Sant Michel: «con gran asombro por mi parte, he sabido que hay personas que no han visto jamás un gnomo. No puedo por menos que compadecerlas. Estoy seguro de que no están bien de la vista».     

    

Cortesía de Diario de Ibiza 

Más información en www.diariodeibiza.es

escrito por vicente


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