Ago 03

Por Miguel Angel González, diariodeibiza.es

    

     «La casa està admirablement col·locada en el paisatge. Els homes que la construïren formaven part de l´anonimat més gloriós. S´adonaven, però, del pes, de les formes, de l´esperit de la realitat circumdant. Un bon gust instintiu, nascut de la seva innata humilitat, eliminà de la seva visió de les coses tot exabrupte presumptuós, tota vel·leïtat de singularització. Aquells homes alçaren la casa pensant que no era més que un element minúscul del entorn. La seva contemplació em produeix una fascinació amable, dóna repòs i calma al meu esperit. Al voltant de la casa hi ha una gran pau».   Josep Pla

     La casa está en el llano que queda entre Puig d´en Valls y Sant Rafel de sa Creu, no lejos del Camí Vell de Sant Mateu y de la discoteca ´Privilege´ que hoy conocen en París, Londres y Nueva York. Dos mundos inmediatos, pero en las antípodas el uno del otro. Con la luz eléctrica que le proporciona un pequeño motor y el agua que extrae de un pozo, la casa es un paralelepípedo blanco en el que domina la horizontalidad, con vanos perfectamente medidos que tamizan la potente luz exterior. Un modesto y hermoso porche mira al Sur entre naranjos, limoneros, almendros, higueras y una intrincada nopalera que marca, junto a un torrente que ya no cumple su función porque llueve poco, los límites de la finca que, siendo pequeña, es suficiente para cultivar cuatro cosas y reunir a toda la familia los fines de semana. La casa no se levantó con fines agropecuarios, sino para salir del agobio de Vila y, en definitiva, por amor a la tierra.

     La construyó es güelo, patriarca de la saga que, por su apellido, Arabí, lleva su memoria hasta los siglos X y XI, a tiempos anteriores a la conquista catalana. Pero el motivo de estas notas no es la casa, sino una feliz y admirable costumbre que mantienen quienes recalan en ella y que hoy es insólita o poco común. Hablo de algunos hábitos de la familia antigua que se mantiene como centro aglutinador y refugio. Pasan los años, cambian las generaciones y el papel que tuvieron los abuelos lo tienen hoy los hijos y, por lo que se ve, lo tendrán sus nietos, biznietos y tataranietos. Es, al menos, lo que quiero pensar. Can Feliu, en este sentido, es aún el arquetipo de ese encuentro irrenunciable de la familia que, aunque no deja de crecer, no se dispersa, se mantiene unida.

Espacio abierto
     El hecho es que, desde que tengo memoria, todas las semanas se sientan a la mesa veinte o más comensales. La explicación es sencilla: Can Feliu ha sido y sigue siendo un espacio abierto, en el que, además de padres, hijos, nietos, hermanos y primos, encuentran acogida los amigos. Y los amigos de los amigos.

     Que las formas de vida del viejo mundo hayan ido desapareciendo en Ibiza era inevitable y ha sido para bien, a pesar de algunas pérdidas y destrozos irrecuperables. La mejora de las comunicaciones y el turismo rompieron en los años sesenta el aislamiento que imponía la insularidad y que durante siglos mantuvo nuestro pequeño mundo con sus endemismos y su vida arcaica que, sin embargo, en pocos años, cambió de raíz. Hoy los usos insulares son como los de cualquier otro lugar y algunos elementos de aquel pasado singular –indumentaria, bailes, canciones, etc.– tienen una presencia solo folklórica y testimonial. Pero precisamente por esta mutación, en este nuevo contexto adquieren un valor especial los usos que, resistiendo los embates que digo, mantienen su vigencia, su solidez y su sentido.

     Es el caso de la estructura familiar compacta que citaba y que, en algunos casos –Can Feliu sería en este sentido un buen ejemplo–, sigue siendo como era. El hecho es que cada encuentro familiar en Can Feliu es una celebración, una fiesta en la que solo la estacionalidad impone pequeños cambios. Con la bonanza, se vive a cielo abierto y debajo del porche. Con tiempo desapacible, se enciende la chimenea y la vida se recoge al amor de la lumbre. Posiblemente, el momento en el que la relación descubre toda su riqueza es el de la sobremesa, cuando se intercambian experiencias, pareceres y noticias.

República bien avenida
     El talante de cada cual se manifiesta libremente y aunque las diferencias de carácter se hacen entonces evidentes, can Feliu funciona como una república bien avenida. Se puede discutir, pero siempre se llega al consenso. Un miembro de la familia es un lector impenitente. Otro es un ecologista convencido. Y un tercero es un todoterreno que puede arreglar un motor o levantar una casa. El ánima mater o madre nutricia, como ha sucedido siempre en Ibiza, gobierna la casa sin que se note, discretamente. Mientras, las mujeres más jóvenes, de actitud más pasiva, dan asimismo religación y moderación al clan familiar. La palabra, en fin, que resumiría este fenómeno convivencial de la familia antigua es acogimiento, pues cualquiera que se incorpora a ella se siente como en casa, tal vez porque es un ámbito en el que no cabe ninguna artificialidad, porque se respira paz, porque se respeta en el otro su espacio, su talante y su opinión.

     Quien suscribe se suma a la troupe feliuense siempre que puede, varias veces al año, y puedo asegurar que sus multitudinarias celebraciones siempre sorprenden. Posiblemente porque es algo que no se da otras geografías y ciudades que conozco, donde la vida se caracteriza por el hecho contrario y paradójico de vivir aislado en la multitud y, sobre todo, por la fragmentación y la desintegración familiar. De ahí que la conciliación de la gran familia tradicional sea uno de los aspectos que más valoro en la isla.

            

Cortesía de Diario de Ibiza 

Más información en www.diariodeibiza.es

escrito por vicente


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