Jul 13

Por Miguel Angel González, diariodeibiza.es

         

     Posiblemente no exista un motivo que pueda explicarnos por qué Dalt Vila, el solar de la primera ciudad, nos ha parecido siempre inagotable. No importa que conozcamos todos sus rincones y pasajes, y que con los ojos cerrados sigamos viendo las fachadas de sus edificios, aun así, cada vez que repetimos nuestra visita a la ciudadela en respuesta a una oscura llamada que no podemos obviar.

     Creemos descubrir algo nuevo que, después de tantos años, todavía consigue sorprendernos.

    De las tres ciudades antiguas que conforman Ibiza: la Marina, la Penya y Dalt Vila, la Ciudad Alta es la única que ha mejorado, aunque lo ha hecho de puertas afuera, en las fachadas más que en los interiores. En todo caso, el trabajo de adecentamiento y conservación se hace notar y, tal vez por eso, es el único espacio ciudadano que, en apariencia, no difiere demasiado del que hace medio siglo conocimos. Un detalle sustantivo que a los turistas se les escapa, pero que sí notamos los ibicencos, es que era un barrio que bullía de vida y ahora se ve deshabitado. En cualquier caso, sus calles y pasajes no han cambiado y hoy es fácil reseguir la ruta y recuperar las impresiones que pudieron tener en su recorrido los primeros turistas que lo visitaban.

     El viajero que aquí nos inventamos, aconsejado por el recepcionista del hotel donde se hospeda, accede a la Ciudadela por el Portal Nou, una segunda puerta que queda en el poniente de la muralla, y lo primero que le sorprende es el atrevimiento formal de la entrada, altísima, angosta y protegida en el recodo que deja un torreón que facilitaba su defensa. El pasaje que atraviesa la muralla es oscuro y desemboca por la izquierda en una plaza que ofrece un primer mirador sobre el lado más interior de la Marina y tiene por la diestra un urbano empinamiento escalonado que exige fotografía.

     El viajero lo sube con mucha calma y alcanza un nuevo ensanchamiento, esta vez rectangular, con casas adosadas a otra muralla que es árabe según le han advertido en la oficina de Información y Turismo. El viajero piensa que esta hilera de casas debería eliminarse para que fueran visibles los formidables paredones. Por la derecha accede a la calle de la Conquista, en la que, por encima de una tapia que una anciana enjalbega con un escobón en el extremo de una caña, asoman feraces jardines de encendidas buganvillas, dos altísimas palmeras y una higuera. Por la izquierda hay un repecho que deja al viajero frente un convento de clausura de arquitectura anodina y sigue subiendo por la calle que llaman de San Ciriaco, santo del día en el que los catalanes, por la traición de un moro, entraron en la Yabisah musulmana por un pasaje que hoy sale a esta calle por un hueco de la roca. La calle continúa entre casonas, algunas con escudo en el dintel y desemboca en la plaza de la Catedral, en la que tenemos el principal belvedere que, mirando hacia el norte, deja ver la ciudad en un mosaico fascinante de techos y terrazas, la bahía más abajo y, en la lejanía, el llano de Jesús y un telón de montañas azules. En la plaza, además de la catedral, hecha para durar y con una pesada solidez que contrasta con su interior blanco y dieciochesco, tenemos el Museo Arqueológico, el edificio de la Curia, el Palacio Episcopal y la entrada del Castillo que en tiempos fue Almudaina, con sus formidables paramentos y sus torres. Un estrecho corredor entre el castillo y la catedral se abre al sur que es ya marino, con vistas a los freos y al rosario de islotes que dan el camino a Formentera.

     En esta espalda de la ciudad, la muralla tiene un túnel que sale extramuros a la descarnada roca del Soto y deja ver por la derecha la necrópolis cartaginesa en un montículo con viejos molinos harineros, un poniente de arenales y un llano dilatado en el que, muy al fondo, espejean las salinas. Al verse fuera de la fortificación, el pasajero está desorientado y tentado de rehacer el camino, pero unos niños que suben por la izquierda le dicen que más abajo hay otro túnel que vuelve a entrar en la ciudad. Está escondido en el rincón que dejan dos baluartes y es literalmente un agujero en el suelo, como la entrada de un hipogeo. El pasaje baja a una plaza en donde tenemos antiguo convento dominico que hoy es iglesia y ayuntamiento, pero que fue escuela, instituto, cárcel y sala de vistas. Por su lado de levante, la plaza acaba en precipicio sobre el antepuerto y tres pequeña islas que hoy están unidas por dos diques en un largo dedo que protege el puerto de los frecuentes vientos del este. Abajo queda una playa de guijarros y a la izquierda una roca con las últimas casas del barrio marinero de la Penya. El viajero desciende de la ciudadela por un ancho vial ajardinado, con gigantescos eucaliptos y una plazuela interior, felizmente de tierra, a la que asoma una hilera de casas muy modestas pero de muy pictórica factura. Llaman a esta calle la Carroza, porque por ella bajaba y subía, en su carruaje con tiro de caballos, el gobernador. Una pendiente empedrada con losas resbaladizas deja al viajero en la Plaça de Vila que es como un amplio salón distribuidor, pues tiene calles hacia todos los vientos, hacia el interior de la ciudad, hacia fuera, hacia el oeste y hacia el este. El viajero escoge la del este por una portalada de piedra que se abre a un formidable patio de armas con arcadas y un garitón de guardia con enorme chimenea que, muy posiblemente, los soldados utilizaban para calentarse. Un doble portalón de homéricas dimensiones sale a la rampa que, más abajo, en la Marina, deja ver el templete del Mercado, donde las verduras y frutas le han robado sus aras a los dioses.

Muchos recorridos
     Repasando el mapa de la ciudadela que deja a sus espaldas, el viajero se percata de que sólo ha hecho uno de los muchos recorridos que hubiera podido hacer. La ciudad antigua mantiene su trazado medieval, pensado para desorientar al extraño y facilitar el secreto de los que viven en él, de manera que tiene que rehacerse muchas veces, cambiando rutas y pasajes para desentrañar su fascinante laberinto. Un detalle que ha sorprendido sobremanera al viajero es el santoral de sus calles, que ha ido anotando en su cuaderno: Sant Carles, Sant Rafel, Santa Maria, Sant Ciriac, Santa Anna, Sant Josep, Sant Benet, Sant Lluís, Santa Llúcia, Sant Antoni, etc. Y son asimismo religiosas las calles de La Sagrada Família, La Santa Faç y el Rosari. El viajero comprueba que la misma sagrada hagiología tienen los pueblos de la isla. Piensa en la obsesión que tuvieron los catalanes en borrar la huella sarracena y llega a la conclusión de que esta ciudad, poblada sucesivamente por fenicios, cartagineses, romanos, vándalos, bizantinos, árabes y catalanes, conserva huellas bien visibles de su ocupación, de manera que el recinto fortificado resume toda la historia de la isla.

            

Cortesía de Diario de Ibiza      

Más información en www.diariodeibiza.es

escrito por vicente


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