May 11

Por Miguel Angel González, diariodeibiza.es

         

     Conocimos tiempos en los que las playas eran lugares vacíos, poco frecuentados o, más exactamente, ignorados en el uso de recreo masivo que ahora les damos. En Ibiza, lo del baño en el mar, sin ser un hecho excepcional, era algo que hacíamos de uvas a peras. No íbamos a ´tomar el sol´ o a ´darnos un baño´, nosotros íbamos a nadar.

     Al contrastar las imágenes que hoy ofrecen las playas abarrotadas de bañistas con los recuerdos que tenemos de ellas quienes somos ya sexagenarios, comprobamos un hecho que aún habiéndolo vivido nos sorprende, tal vez por la velocidad con la que se produjo el cambio. Lo cierto es que conocimos tiempos en los que las playas eran lugares vacíos, poco frecuentados o, más exactamente, ignorados en el uso de recreo masivo que ahora les damos. Las playas, como las conocemos hoy, las inventaron los turistas. A los más viejos del lugar nos basta la memoria para constatar que el concepto que teníamos de las vacaciones al iniciarse los años cincuenta y el que tenemos hoy se parecen como un huevo a una castaña. Es un fenómeno, en todo caso, que cualquiera puede constatar en la hemeroteca de estos mismos papeles: al comparar las páginas veraniegas de ayer y de hoy, vemos que el fenómeno de sol y la playa, que ahora tiene un absoluto protagonismo, ni tan siquiera se mencionaba en aquellos años o, todo lo más, aparecía como algo que, practicado por los primeros turistas –rara avis–, resultaba extraño. También las fotografías de aquellos años nos descubren playas deshabitadas. Aunque a renglón seguido hay que decir que la moda de la playa fue algo que aceptamos con increíble celeridad, de un día para otro. Pero para entender lo que pasó, tenemos que retroceder al inicio de los años cincuenta.

     La visión que entonces teníamos del mar, a pesar de vivir en una isla –o tal vez por vivir en ella-, era muy distinta de la que tenían en el continente, donde la práctica del baño estival en lugares como San Sebastian o Santander se introdujo a principios del siglo pasado con pretextos terapéuticos o como pública demostración de holgura económica. El hecho era que las familias adineradas se alejaban del sofocón mesetario para veranear junto al mar en los julios y agostos. En Ibiza, sin embargo, lo del baño en el mar, sin ser un hecho excepcional, era algo que hacíamos de uvas a peras. A los chicos de la Marina no se nos hubiera ocurrido decir en casa que íbamos a ´tomar el sol´ o a ´darnos un baño´. Nosotros íbamos a nadar. Y tampoco utilizábamos la palabra ´bañador´ o, la más repipi, ´traje de baño´, porque llevábamos taparrabos. Y en vez de ir a las playas, nadábamos detrás de sa Penya, en las aguas de la escollera (el familiar ´Muro´) y en el rincón de sa Riba, en los mismos muelles, junto al antiguo varadero y las Barracas, casonas desaparecidas que eran el pósito de pescadores. Ir a nadar a sa Caixota, al faro de es Botafoc, al Salt de s´Ase o s´Arany, era ya una pequeña aventura. Lo cierto es que las playas no nos interesaban porque nuestra principal diversión era fer cabussons, tirarnos al mar de cabeza desde las rocas más altas, coger pulpos con las manos y competir en sacar las nacras o enclotxes más grandes, que podían tener palas hasta de 80 centímetros. Cogerlas, entonces, no estaba prohibido.

     El caso fue que, poco a poco, los primeros turistas que se alojaban en la Fonda La Marina, en la Fonda Comercio, en el Hotel España o en el Montesol empezaron a situar Talamanca en el mapa urbano, de manera que enseguida se convirtió en ´la playa de la ciudad´. Y a los veraneantes se fueron sumando las familias que, los domingos y fiestas de guardar, con una tortilla de patatas y la sandía de rigor, tuvieron por buen invento pasar el día en la playa. La barca de Benjamín, la misma que más de medio siglo después sigue haciendo el trayecto desde los muelles al embarcadero de madera de s´Illa Plana, nos dejaba a un tiro de piedra de la playa. Y así fue como, en unos años, aquella costumbre del playear tomó tal cuerpo que a Talamanca se sumó ses Figueretes, el pequeño arenal que quedaba al otro lado de la ciudad.

     Los chiringuitos de merendolas y refrescos hicieron más gratas las jornadas familiares y lo de la playa quedó institucionalizado. Fue una situación que duró algunos años y que en otros municipios solo se dio en Portmany donde ya teníamos los primeros hoteles.

Todavía entonces, y por un tiempo, siguieron siendo ´tierra de nadie´ las playas más alejadas de Comte, Benirràs o es Figueral. Incluso la Platja d´en Bossa, a pesar de su proximidad, nos parecía que estaba en el quinto pino y permanecía desierta. Hasta que, ya en los Sesenta y los Setenta, el turismo masivo nos convirtió en el destino de sol y playa que conocemos y, sin orden ni concierto, proliferaron hoteles en las orillas con aberraciones como las que vemos en Cala Vadella, el Port de Sant Miquel o Cala Llonga, donde las laderas de las montañas desaparecieron detrás de gigantescos bloques de cemento. Y con el desembarco masivo de turistas, el mapa playero se multiplicó y no quedó arenal, por pequeño que fuese, sin colonizar. Para entonces, nosotros ya habíamos crecido y acudíamos religiosamente a las playas con parasoles y afeites. Y en vez de buscar nacras y pulpos, tratábamos de pescar alguna sueca. Y las playas fueron el destino universal que conocemos.

      

Cortesía de Diario de Ibiza      

Más información en www.diariodeibiza.es

escrito por vicente


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