Mar 23

Por Miguel Angel González, diariodeibiza.es

         

     Al echar la vista atrás, sorprende comprobar hasta qué punto han cambiado las cosas. Los llamados ´electrodomésticos´ que hubieran dejado boquiabiertos a nuestros bisabuelos han dado al traste con todo un cúmulo de actividades domésticas que en el viejo mundo eran comunes y cotidianas.

     «La bugada a la Canal, costa més que ella no val; la bugada a Benimussa, mata el poll i deixa puça; i si fas bugada al riu, els pois morts tornan ben vius» (Dita de la bugada mal feta)

     Un buen ejemplo lo tenemos en la humilde tarea de lavar la ropa, la colada –bugada en ibicenco–, en la que nuestras madres se dejaban los nudillos en las rugosas tablas de lavar. Bien está, por tanto, que aquellas esforzadas faenas hayan quedado atrás, pero tampoco viene mal recordarlas para saber de dónde venimos y comprobar cómo se las ingeniaban nuestros mayores. Y hablo de ingenio porque el payés fabricaba de forma artesanal los dos productos que necesitaba para el lavado de la ropa: lejía y jabón.

     La lejía la obtenía tratando con agua hirviendo la ceniza del carbón vegetal que daban, sobre todo, las cáscaras de almendra, aunque también se obtenía de la ceniza del horno, pasándola por un cedazo para eliminar los carboncillos que no había consumido el fuego. «Teniem el lleixiuet dins una aufàbia –me explican– i s´emprava per escurar plats, olles i calderes que anàven sempre emmascarades i també, rebaixat amb aigua, per rentar-mos es cap. Deixava es cabells fins i suaus». Y en cuanto al jabón, se obtenía de grasa animal, resina de pino y sosa, fundiéndolo todo en agua caliente que, al enfriarse, dejaba una pasta consistente que se cortaba en trozos regulares, pastillas o barras. Era el llamado sabó fort, de pedra o de llosa. Y si se quería conseguir jabón líquido, sabó fluix o moll, la única variante era que, en vez de sosa, se utilizaba potasa.

     El lavado de la ropa en la ciudad no tenía ninguna particularidad reseñable porque la lejía y el jabón se compraba en las tiendas. El sabó moll era gelatinoso y negruzco y se vendía a granel. Los colmados lo tenían en grandes latas o barriles. Lo más llamativo de las coladas urbanas eran los tendales que tenían los balcones y que sacaban las interioridades a la calle –calzoncillos, corsés, bragas y camisetas–, como desvergonzadas y festivas banderolas. Pero volvamos a la colada rural que es la que más nos interesa. Vicent Marí Serra Palermet explica que, en ocasiones, la ropa se lavaba en agua corriente si cerca de la casa había alguna fuente o torrente.

Pont Vell
     Payeses de Santa Eulària me dicen que las casas que estaban cerca de la desembocadura del río lavaban la ropa en el entorno del Pont Vell y en una charca que se formaba junto al Molí d´en Planetes, bien fuera restregando la ropa en las piedras o, mejor, en la tradicional tabla de lavar que con su superficie rugosa potenciaba la acción de fricción.

     «Normalment, a pagès es passava bugada cada quinze dies, quan mudaven es llençols als llits, arreplegant tota sa roba de treball que forçosament era bruta perquè es pagés ho feia tot, traginava fems, llaurava rotes i marjals i feia de picapedrer. Sa roba no era miradora i s´aguantava dreta». Por lo que he podido hablar con unos y otros, el procedimiento que se seguía para lavar la ropa no era exactamente el mismo en todas las casas. Cambiaba según eran los actores, lugares y tiempos, pero podemos recoger una de las formas más habituales. De hecho, la bugada se hacía con tres elementos: tina o barreño, caldera y cazo, es decir, cossi, caldera d´aram y buidador, una guisa de cazo que antiguamente era una media calabaza vaciada con un largo mango y de ahí el nombre que familiarmente se le daba, carabassot.

     Después de dejar media jornada la ropa sucia en remojo con agua caliente para reblandecer la suciedad, se hacia la llamada rentada de brut, «torcent i esprement sa roba amb aigua calenta i sabó dins es cossi que generalment era emparedat». A continuación, se colocaba la ropa en la tina con agua caliente, dejando encima unos saquitos con ceniza y, con el cazo, se iba echando el agua que hervía en el caldero que estaba a su lado en el fuego. La tina, en sus bajos, desaguaba por un tubo en el caldero. Aquel vertido de agua hirviendo podía durar horas y la lejía que daba la ceniza con el agua hirviendo, filtrándose a través de la ropa, hacia su trabajo.

Jabón y lejía en la tina
     En algunas casas, en vez de utilizar los saquitos de ceniza, se echaba directamente jabón y lejía en la tina. Cuando se consideraba que la ropa estaba limpia, la dejaban reposar y le daban otro lavado con jabón –sabó moll, preferentemente– en la llamada rentada de net. Había, también, quien en esta última pasada utilizaba blavet, azulete o añil que, según decían, le daba una blancura especial a la ropa. Llegados aquí, sólo quedaba aclarar la ropa con agua y secarla en tendederos o, cuando las piezas eran muy grandes –caso de sábanas o manteles– sobre leña seca y en paredes que estuvieran limpias. Yo he visto, incluso, sábanas secándose sobre la cúpula de un horno. Un dicho que hacia referencia al secado era «sa bugada de Nadal, s´eixuga en es fumeral».

     Por último, en el planchado de la ropa de fiesta se utilizaba el midó o almidón, que también se fabricaba en la propia casa: «gairebé sempre es feia de blat mort. Sa majora en prenia dos o tres quilos i els posava en remull en aigua clara on restava, segons es costum, dues o tres setmanes. S´aigua inflava i reblania es blat que acabava per separar es gra de sa closca: sa pellofa i es pèls quedaven surant i es bessó quedava as fons des recipient. Es blat, amb tants dies en remull, acabava per ablanir-se totalmente i formava una pasta homogènia, es midó. Aquest s´estenia sobre un pedaç de tela i un cop aixut, ja podía emprar-se».

      

Cortesía de Diario de Ibiza      

Más información en www.diariodeibiza.es

escrito por vicente


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