Dic 28

Por @vicent_mari

      

     Hay cosas que están predestinadas. Cosas que tarde o temprano ocurrirán sin que nada podamos hacer por evitarlo. Podemos esquivarlas, retrasarlas, demorarlas un tiempo, pero finalmente acabarán ocurriendo. Con las personas ocurre igual. Llámalo como quieras. Yo lo llamo Destino. Sólo cuando llegamos a su inevitable final descubrimos las razones de ese desenlace.

     Lo que ocurrió entre nosotros es muy simple: éramos dos cuerpos en ruta de colisión en ese universo paralelo que son las emociones y los sentimientos. Tarde o temprano íbamos a encontrarnos y todo estallaría. Era una de esas cosas que ineludiblemente sucederían en algún momento de nuestra vida.

     Si hubiera podido leer en ti como en un libro abierto, si hubiera tenido esa habilidad, hubiera descubierto un corazón herido por el desengaño y la traición. Supongo que por eso, llegado el momento fui tan atractivo a tus ojos: era transparente, podías ver en mí, y lo más importante: sabías que no te engañaría. Era seguro, fiable. Está todo tan claro ahora que pienso que una parte importante de mi condena se la debo a mi ceguera. Afortunadamente, ahora ya veo. Es una de las habilidades que he adquirido gracias a las miles de hojas que precedieron y dieron contenido a este texto que ahora toma forma.

     Ese primer día de clase te sentaste a dos metros de mí. Olías a delicias de chocolate y coco. Aquella fragancia dulce que emanaba de tu cuerpo exquisito invitaba a cerrar los ojos y abandonarse al éxtasis. Al cabo de unos pocos minutos, aquella habitación olía a ti. Todos olíamos a ti. Todos pensábamos en ti, deseándote en secreto.

     Recuerdo que teníamos dos pausas entre clases, y en la primera de ellas hablamos de ti. En realidad, yo me limité a escuchar. Eramos siete u ocho alrededor de la mesa, compuesta por los repetidores con escasa vocación deportiva. Dos o tres estaban devorando bocadillos calientes de tortilla y otros sostenían un cigarrillo en los labios. Alguien mencionó lo guapas que eran las chicas que habían llegado tarde y otro confesó que el perfume había llegado hasta él, en la otra punta de la clase. Todos sin excepción fantasearon acariciando aquella piel desnuda mientras aspiraban intensamente el aroma que despedía. No me avergüenza confesar que yo también. En realidad, mi imaginación desbocada y corrupta fue más lejos y te imaginó como un bombón de coco cubierto de chocolate al que sólo había que retirar el envoltorio para ser degustado.

     Pero aparte de la fragancia que desprendía tu cuerpo, había algo en ti que me fascinaba y perturbaba al mismo tiempo. Algo sugerente e hipnótico más allá de tu sonrisa o la luz que resplandecía en tu mirada. Era algo indefinido e imperceptible que gravitaba a tu alrededor. Algo que se presentía más allá de lo que permitías ver en ti.

     Tardé un tiempo en descubrirlo. Me ayudó la frialdad que mostrabas en algunos momentos. La mayor parte del tiempo te mostrabas templada y apasionante, absorbiendo el interés de la mayoría, lográndolo de forma natural, sin dejar de ser tú. Pero en ocasiones, en determinadas situaciones dejabas de ser cálida y vibrante para transformarte en una persona fría, apática e incluso repelente, momentos que desvirtuaban tu adorable retrato.

 

     A pesar de tu enorme atractivo, de tu belleza inmaculada, durante las primeras semanas evité hablar o relacionarme contigo. No por miedo, sino porque interpreté que tú no querías hacerlo. Seguramente no fueras tú, sino yo quien proyectó esa impresión. Recuerdo que el último día que estuvimos juntos me dijiste que al principio tuviste esa misma sensación sobre mí. Lo cierto es que, como ya he confesado antes, no estaba por la labor de iniciar ningún contacto con pretensiones amorosas. De hecho, no las iniciaba ni con fines puramente sexuales. Elsa seguía siendo una imagen eterna y tormentosa en mi memoria. Secretamente esperaba que volviera a mí y me limitaba a esperarla. Tú no pasabas de ser una chica guapa como muchas otras con las que había coincidido y dejado atrás en mi vida.

     Supongo que estaba tan enamorado de Elsa, del recuerdo de la persona que había descubierto en ella, que todavía no había no había encontrado un mínimo argumento que me llevara a la conclusión de que había llegado el momento de dejarla marchar de mi recuerdo. No sé renunciar. Es otro de mis defectos. Siempre me ha costado dejar marchar a las personas especiales que llegan a mi vida. Creo que siempre hay una razón por la que alguien llega a tu vida. Una vez que descubro su magia, no puedo olvidarlas. Pasan a formar parte de mí, de mi memoria, de mis sentimientos…

     He aprendido que a veces proyectamos la realidad que nos inquieta y asusta y de esta manera, la hacemos posible. Son pulsiones, fuerzas naturales que surgen de forma inconsciente e incontrolada que implican a otras personas. En mi caso ví en ti lo que quise ver, una excusa para evitar que entraras en mi vida. Es culpa mía. Reconozco que no di muchas oportunidades para que eso sucediera. Cuando nos encontrábamos en el pasillo ninguno saludaba, pasábamos de largo, sin hacer un gesto, ni una palabra, ni un atisbo de empatía. Sólo una mirada desapegada y fugaz y algún lamento en forma de saludo breve. Nos evitábamos porque no había nada que nos relacionara. Tal vez tú interpretaras lo mismo sobre mí. Nuestros mundos y nuestras apariencias eran muy distintas y eso era sólo una parte de todo lo que nos separaba. Eras de las más aplicadas, una luchadora que no daba su brazo a torcer. Yo, todo lo contrario, había perdido las pocas fuerzas para aplicarme en nada. Nada me impulsaba. A simple vista no parecía que hubiera nada que nos conectara. Pero lo había. Sólo había que arañar la superficie para descubrirlo.

     Fui un idiota. Aún lo sigo siendo. Me dejé engañar por tu apariencia. Si hubiera tenido el ojo que tengo al escribir estas letras, hubiera podido descubrir en ti esa clase de fragilidad que deriva del amor y el desengaño. Si hubiera tenido el ojo entrenado para ver en los demás lo que se oculta tras su apariencia, hubiera descubierto cosas de ti que no deseabas que nadie conociera. A pesar de la herida sangrante de tu pecho, deseabas llenar tu cuerpo de emociones nuevas y candentes, pequeñas cosas que te definían en lo profundo más allá de tu apariencia, delatando el ansia que te recorría. Cosas que, a pesar de todo, estaban a la vista para cualquiera que supiera mirar, lo que no era mi caso.

     Cuando Jota se marchó no pude evitar sentirme abandonado como un animal herido esperando su agónico final. Mi conflicto interno, que venía del vacío que me había dejado mi alma derramada y la inseguridad producto de mis decisiones pasadas, nunca me había abandonado. Durante el tiempo que compartí con Jota esa inestabilidad se había mantenido latente y amortiguada por la plácida vida que disfrutaba, pero en los últimos meses había regresado más abrasadora y virulenta que nunca, y me marchitaba por dentro. Necesitaba exteriorizar mi rabia creciente y adopté comportamientos arriesgados. Eso siempre lo encontraba en los mismos círculos aunque con distintos personajes. Así que me las apañé para introducirme en un grupo variopinto de tipos temerarios y despreocupados a los que me unía más de lo que me hubiera gustado. Era mi forma de protesta silenciosa ante la adversidad. Volvía a mis orígenes, a las malas compañías.

     Que tu mejor amigo se marche es una pérdida irremplazable. No obstante, aquella era una sensación extrema y totalmente injustificada. Con su ausencia perdí una parte importante de esa fuerza vital que me permitía enfrentarme al mundo. A su lado no tenía miedo. Sabía lo que hacía, lo que quería conseguir y los pasos que tenía que dar para obtener mi propósito. Pero con su marcha todo eso se esfumó como la suerte de un jugador. Hubo un antes y un después de Jota. Ese estado autoinfligido propició el punto de inflexión en toda esta historia, sin el que nada de esto hubiera sucedido.

     Fruto de ese estado de abandono en el que me hallaba sumido, e inspirado por un concurso literario sobre relatos cortos y poesía que se anunció en el instituto, me decidí a presentar una pieza que escribí una noche de un tirón. Estaba compuesta de tres o cuatro folios en los que exponía mi estado, maquillado con algunas escaramuzas que vivimos y adornado con sutiles pasajes eróticos. La presenté junto con mis datos y comprobé que había muchas obras, algunas de ellas escritas por un solo autor. Cuando dejé allí aquellas hojas, en aquel montón, en el que pude descubrir varios nombres, todos ellos con mucho cartel, no creí que aquello fuera a fructificar mucho más. Tan sólo quería conocer cuál era mi nivel.

     Un par de semanas antes habían aparecido aquellos tipos que a veces te traían y casi siempre te venían a buscar. Tenías uno para cada día de la semana. Día tras día, lucían sus flamantes cochazos, sus apariencias impecables, sus sonrisas y sus modos sofisticados. Lucían una imagen de éxito que difícilmente pasaba inadvertida. Se les notaba que eran mayores y no se afanaban en ocultarlo. Al contrario, enfatizaban esa diferencia. En sus ojos se podía adivinar que te pretendían y echaban mano de su mejor repertorio para conseguirte. Los mirábamos desde la distancia, la mayoría envidiándoles. Excepto yo. No me producían ninguna reacción salvo la misma impresión equivocada. Parecía una subasta en la cada uno de ellos esgrimía su mejor apuesta y en la que tú eras el premio. A pesar de sus apariencias, alguno no podía evitar mostrar que era un miserable con dinero. En el círculo de los repetidores se hacían cábalas acerca de quién de aquellos tipos tenía más posibilidades. Había un par de estudiantes destacados en clase que también intentaban tentarte, pero ninguno podía competir con la apariencia de aquellos. No obstante, y gracias a todo lo que había aprendido en mi etapa previa, intuí que ninguno de ellos encajaba contigo. Había algo en ti, algo imperceptible e incuestionable que les descartaba. Salvo que ellos no lo sabían e insistían en el error. Me sorprendía tal grado de oscuridad en la evidencia. Ahora sé que no eran capaces de ver lo evidente porque tu luz les cegaba. No puedo culparles. A mí me sucedió lo mismo. Te descubrí varios días tomando un refresco en el bar del instituto con alguno de ellos, y en tus ojos pude leer la incomodidad que te oprimía. Querías escapar.

     El plazo para la presentación terminó unos días después. Se supo que había casi un centenar de obras a concurso y que un jurado compuesto por tres profesores examinaría las obras para decidir a los ganadores de las diversas categorías. No me hice demasiadas ilusiones. Me dediqué a continuar con mi rutina. Trataba de aparentar normalidad mientras intentaba encajar las piezas del puzzle que portaba dentro, en el que se disolviera mi decepción y mi desencanto.

     Todavía pasaron varios días, alrededor de una semana antes de que se expusiera una selección de los mejores textos en una serie de tableros que se colocaron en la entrada durante un par de semanas. Recuerdo que llegué un lunes y todo estaba ya montado. Entre esa selección, un tablero vistoso contenía los cuatro originales ganadores, y en los otros cuatro tableros, había otras doce o quince obras que tenían cierto interés. Eché un vistazo a lo que había sin esperar nada más. Mi sorpresa fue descubrir, en un tablero junto con otras piezas, mi escrito expuesto. A su lado, el nombre del autor y el aula. No esperaba que resultara seleccionado para optar al premio, pero en honor a la verdad, y por lo que pude leer, el nivel no era muy elevado. El mío tal vez no fuera el mejor, pero sí el más profundo. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y una sonrisa emergió en mi rostro. El texto estaba colocado junto a la entrada, en un lugar de paso intenso de gente.

     Estábamos a mediados de noviembre y el frío comenzaba a ser intenso. Había sacado mi chaqueta favorita, una cazadora con emblemas nipones, vieja y dañada por la gran cantidad de cosas que había vivido con ella. Me protegía del frío y me hacía más corpulento, una falsa impresión que se diluía en cuanto me despojaba de ella. Todos los días echaba un vistazo a mi obra, incapaz de agradecer el hecho de su exposición pública. Lo consideré un éxito. Era la respuesta que buscaba.

     Algunos días, cuando pasaba por allí descubría algún par de alumnos leyendo el texto con interés. Leían y asentían. Aquello era más gratificante que haber sido premiado. Me hacía sentir bien. Algunos incluso, aunque no estaba permitido, dejaban comentarios en las obras, explicando sus sensaciones. En la mía encontré cuatro comentarios, todos ellos positivos. Me invadió una profunda sensación de electricidad, de bienestar, de euforia que difícilmente podía contener dentro de mí. Sonreía a todas horas. En clase se corrió la voz entre mi círculo cercano de que había participado en el concurso literario y que la obra estaba expuesta, aunque no pareció generar el más mínimo interés en nadie. Pero ni siquiera esa indiferencia me rebajó la desenfrenada e incontenible emoción que llevaba dentro.

     No sé qué fue lo que te llevó a posar tus ojos en aquel puñado de folios impresos de entre todos los que había. Creo que ni tú lo sabes. El Destino tal vez, ese azar caprichoso. Sin embargo, sé lo que te atrajo de ellos. Te asombró su contenido visceral y afligido, casi agónico. No por lo precioso y estético, sino por el sentimiento amargo y torrencial que contenían, algo que tú conocías bien por tu historia pasada y que, a pesar de los meses transcurridos, todavía vivía en ti. No deja de asombrarme que aquel texto impetuoso y pasional conectara contigo de aquella forma tan palpitante y arrebatadora. Como si el autor hubiera buceado dentro de tí y hubiera descubierto tus miedos, tu verdadera esencia, la que se escondía bajo tu imagen adorable y serena, allí donde habitaban la represión y el miedo, y la hubiera plasmado en aquellas hojas, descubriéndote a la vista de todos.

     Dijiste que un escalofrío recorrió tu cuerpo cuando lo leíste por primera vez. Fue tan inesperado que volviste a leerlo una segunda y una tercera vez. Era todo tan parecido a lo que sentías que te desconcertó. Te fascinó que alguien pudiera sentirse como tú, prisionero de sus propias circunstancias, de los recuerdos, de los amores frustrados, de las experiencias vividas, de las ausencias. Pero te asustó descubrir al autor de aquellas palabras. Te confundió y te inquietó que estuviera tan cerca de ti. A pesar de que hablaba de mi, también hablaba de ti. Aquel texto, aunque hablaba de ausencias, esperanzas y el legado de las experiencias vividas, era tan genérico que podía referirse a casi cualquier cosa, pero ahondaba en algunas grietas vitales y generaba momentos de introspección. Por eso, ese texto era tan extraordinario.

     Supongo que no estabas acostumbrada a mostrarte en toda tu magnitud. Y menos a que otro supiera tanto sobre ti sin conocerte. Ese texto fue una revelación para ambos. Tú me descubriste a mí y yo a ti. No se me ocurre nada que pueda ser más accidentalmente casual que tu mirada sobre mis palabras impresas en aquellas hojas al pasar por su lado. ¿Qué fue lo que te atrajo de ellas? ¿que fué lo que te encandiló? A veces creo que no te enamoraste de mí, sino de aquellas hojas, de mis palabras manuscritas… Ellas te sedujeron, no yo. Yo sólo fui una víctima inocente en ese fuego cruzado.

     Sé el miedo que provoca enfrentarse a algo que te conoce mejor que tu mismo. Con Jota esa sensación era inevitable. No obstante, venciste esa resistencia y te enfrentaste al temor de volver a mostrarte otra vez. Me alegro de que lo hicieras, que vencieras ese miedo y dieras el primer paso. Aunque había muchas cosas que a primera vista no nos conectaban, lo cierto y evidente es que estábamos conectados incluso antes de conocernos. Veo la mano del Destino en cada pasaje de nuestra historia. Hace tiempo que sé que lo que ocurrió era inevitable, ¿no crees tú lo mismo? Es insólito que hiciéramos lo mismo para olvidar.

     Tú me lo dijiste un día, a la primera oportunidad que tuviste. Lo recuerdo perfectamente. Me mostraste tu fragilidad sin esperar a que yo lo hiciera. Me descubriste tu naturaleza, tu sensibilidad, tu esencia oculta. Nunca podré agradecerte bastante ese voto de confianza a pesar de mi apariencia sombría, mi desacreditada figura y mis hábitos infames, ya que, cuando ocurrió me estaba saltando una clase. No era esa la primera ni la última vez.

     Estaba sentado en una mesa enorme, en el fondo del bar, esperando nada y tomando un refresco. Estaba sumido en mis pensamientos, en mi oscuro mundo plagado de fantasmas y temor. De hecho, pensaba en mi vida desperdiciada, en mis malas decisiones y sus consecuencias. Entonces sigilosamente llegaste tu, y me hablaste.

- Hola –saludaste.

     Levanté la mirada suspendida en unas hojas en blanco y observé tu expresión tímida e indecisa, algo que nunca antes había conocido en ti. Recuerdo como tu pelo liso caía sobre tus hombros y se desvanecía tras tu espalda y sujetabas una carpeta protegiendo tu pecho glorioso de mi mirada feroz. Recuerdo que al ver tu expresión pensé que ibas a pedirme algún favor.

- Hola –devolví, esperando acontecimientos.

- ¿Tú has participado en el concurso literario? –preguntaste avanzando un paso.

- Sí –respondí serio.

- ¿Eso lo has escrito tú, lo que hay publicado en el tablero?

- El texto que hay junto a la puerta es mío -respondí.

     Tu expresión navegaba entre la extrañeza y el asombro. No estaba claro qué te dominaba más. Te mantuviste en un precario silencio unos segundos antes de volver a preguntar.

- ¿Tú has escrito “Crucigrama”? –insististe. No debías dar crédito que aquel texto lo hubiera compuesto el personaje un tanto desvirtuado que tenías frente a tí.

     El título no tenía mucho que ver con lo que luego se explicaba en el texto, pero era como me sentía. Como un puzzle al que le faltan un par de piezas. No era un buen título, pero no me importó. No prestaba atención a esos pequeños detalles.

- ¿Por qué? –solté un poco a la defensiva. No estaba demasiado claro lo que querías y desconfiaba- ¿no te gusta?

     Sinceramente, no esperaba una respuesta demasiado cálida, sino más bien alguna corrección o burla. Así funcionaban mis emociones. El hecho de que fueras una chica guapa y atractiva activó mi protocolo de defensa. Esperaba lo peor de los demás, especialmente viniendo de naturaleza femenina, y eso lo proyectaba yo mismo, inconscientemente.

- Me ha encantado -murmuraste suavemente, derribando de un plumazo mi frialdad y una buena parte de mi resistencia-. Lo que dices es… tan cierto… ¿de dónde has sacado todo eso? ¿cómo se te ha ocurrido? Yo no podría enseñar mi diario a nadie, y tú lo haces público como si no te importara.

     Me dejaste sin palabras durante unos cuantos segundos. ¿Qué se suponía que iba a decirte? No era lo que esperaba. El efecto de la sorpresa me dejó bloqueado.

- ¿Tú también escribes? –acerté a rebuznar con torpeza

- Sí, pero no como lo que has escrito tú –respondiste con una desequilibrada mezcla de brío y serenidad-. Lo que yo hago no se lo dejaría a nadie. Me has dejado de piedra. Lo que has escrito yo no lo expondría jamás. Ni en sueños. ¿No te da miedo?

- ¿Por qué? –solté en otro rebuzno.

- Porque no me gustaría que la gente supiera tanto de mí. Ya veo que a ti no te importa eso. Admiro lo que has hecho y que hayas tenido el valor de publicarlo. Te envidio. Ojalá tuviera yo esa determinación.

 

     Se produjo un silencio que duró varios segundos. Estaba confundido por el giro inesperado que había tomado la conversación. Tu mirada y la mía se encontraron intensamente en el vacío que nos separaba. Nunca antes había admirado esas pupilas extraordinariamente dilatadas enfrentándose a las mías. Un espasmo brutal recorrió mi espalda y sentí un breve e intenso pinchazo en alguna parte de mi vacío interior. Tragué saliva sin saber muy bien cómo reaccionar o qué decir.

- Me alegro de que te guste –murmuré al fín, venciendo el nudo que llevaba en la garganta-. No es gran cosa.

- Es genial –murmuró sacudiendo su sonrisa-. Me ha encantado.

     Tragué saliva. No pude evitar sentirme un tanto incómodo. No estaba habituado al halago, y mucho menos, que este fuera debido a mi afición escrita. El espasmo brutal volvió a retorcerme la espalda. Aquellos ojos cósmicos me envolvían y me succionaban como si fueran un par de agujeros negros.

- Algún día te escribiré algo así –dije sin saber muy bien cómo ni por qué. Fue un impulso, una pulsión. Aún me asombra haber dicho algo así en aquel momento. Al final he llegado a la conclusión que fué un pobre intento de escapar airoso de aquellas pupilas que me engullían incesantemente. Es de esas cosas que se dicen y a la que no se le concede ningún valor porque se sabe de antemano que no se cumplirá. Aquellos ojos inconmensurables tenían poder sobre mí. Me sentía tremendamente incómodo y afortunado a la vez, lo que no dejaba de ser una combinación poco acertada.

     Al terminar la frase, a tu espalda apareció de repente uno de los tipos que venían a buscarte. Lucía un peinado brillante y una sonrisa blanca todavía más deslumbrante. Pronunció tu nombre y te volviste, un tanto apurada y sorprendida. Se acercó a nosotros y puso su mano sobre tu brazo.

- Estas aquí –dijo luciendo su brillante sonrisa en todo su esplendor-. Te he estado buscando.

- Perdona, no lo sabía –respondiste vacilante-. Creí que vendrías un poco más tarde.

- Tenemos tiempo –soltó sin mirar su lujoso reloj colgado de su muñeca-. Podemos ir a tomar algo.

Aquella propuesta te pilló un tanto inesperadamente. Se notó en tu reacción. Y si yo lo noté, aquel tipo también.

- Vale –respondiste tímidamente.

- ¿Estas lista?

- Sí –respondiste con tono débil, asintiendo con la cabeza-. Podemos irnos.

     Me dedicaste una última mirada antes de despedirte con un lacónico “adiós” que sonaba peor que una despedida. Te devolví la palabra con algo más de energía, aliviado de escapar a aquellos ojos abismales e hipnóticos. Habías dado un paso cuando te detuviste y te volviste hacia mí.

- Sería genial –dijiste.

     Te miré embobado. Con el ceño fruncido. Como un torpe. Preso de aquellos ojos inmensos y arrolladores.

- ¿Cómo dices? –rebuzné otra vez en esa conversación.

- Lo último que has dicho –soltaste con una media sonrisa-. Sería genial.

     Abrí la boca para decir algo, no sé muy bien qué, pero sea lo que fuere no pasó de mis labios. Tu media sonrisa se diluyó cuando me diste la espalda y te alejaste como un angelito machacando el suelo con tus botas. Incluso tu amigo me dedicó una mirada inquisitiva en la que mostró una parte de su preocupación por lo que acababa de presenciar. En la radio sonaba la canción “Dancing Queen”, de Abba, que desde ese momento pasó a la banda sonora de los momentos estelares de mi vida. No pude evitar asociar esa canción contigo. Eras la reina del baile.

     Un par de minutos después de tu ausencia todavía me temblaba el pulso y no podía apartar tu imagen de mi pensamiento. Aquellos ojos interminables todavía me perseguían. Mi corazón latía desbocado. Sentí un efímero cosquilleo en alguna parte de mi pecho hueco. Pasmado y aturdido, no dejaba de preguntarme lo que había pasado allí.

     Lo que ocurrió y que fui consciente tiempo más tarde es lo mismo que expliqué al principio de algún fragmento de ese primer capítulo con aroma a despedida y que si prestaron atención, con suerte habrán recordado. Si no es así, página tres, párrafo cuarto.

     Tal vez hubiera podido evitar todos los pensamientos que una y otra vez me llevaban hacia ti. Como un laberinto en el que todos los caminos me conducían a tu imagen. Pero no lo hice. No quise hacerlo. Toda esa combinación fue como un potente disparo a quemarropa que derribó buena parte de la resistencia que me aislaba de criaturas como tú.

     Tus palabras, tu encantadora timidez y tus gestos indecisos dibujaron un exquisito y subyugante retrato que se alejaba de la imagen que día a día, todos teníamos de ti. Había alguien bajo toda esa inaccesible coraza de perfección y seguridad. Alguien vulnerable, delicado y sensible, que deseaba salir, ser rescatado de su prisión. Y eso, paradójicamente, era lo mismo que sucedía conmigo. Salvo que ninguno de los dos lo sabía. Y esa ignorancia, en mi caso, era una condena que me había consumido demasiado tiempo.

     A partir de ese momento, la imagen de Elsa empezó a perderse en la niebla de mi memoria y su recuerdo fue perdiendo nitidez. En un primer momento me sorprendió lo fácil que fue para ti penetrar en mí, y hacerte un hueco en mis emociones, en mis pensamientos. Posiblemente porque inconscientemente había llegado el momento de olvidar el pasado y volver a vivir. Me bastó descubrir aquella escasa chispa oculta en ti para saber que quería enamorarme de alguien especial que lo mereciera. Y allí estabas tú, en el momento perfecto, con las palabras precisas. No podía ser otra: Tenías que ser tú. Sólo tú. No hubiera funcionado con nadie más. Nadie poseía tu aura deslumbrante y seductora. Fue algo especial. Rendí mis defensas ante ese encanto, esa magia fascinante que flotaba en tu mirada y se presentía en tus palabras, tu belleza hechizante fuera de toda duda, y sobre todo, tu confianza ciega en mí. Todo ese conjunto me desarmó, me despojó de mi coraza y me dejó al descubierto.

     Yo contribuí, pero reconozco que el merito fue enteramente tuyo. Había llegado el momento que tanto había temido y anhelado. Me provocaste el primer paso de embriaguez emocional en mucho tiempo, algo que ya casi tenía olvidado. Es lo que sucede con la magia: no todos pueden verla o sentirla. Es una cuestión de sensibilidad. Aquel hechizo hizo resurgir el deseo de profundizar, de descubrir más sobre ti. Oculto en alguna parte de mí yacía el deseo de enamorarme. Como sólo los inconscientes se enamoran.

     Perdidamente. Apasionadamente. Sólo que todavía no lo sabía.

     Siempre he creído que aquel texto nos salvó a los dos de una existencia horrible. Fuimos corazones a la deriva que se descubren.

        

     Puedes ver todos los capítulos de “Crisis” publicados pinchando en el enlace.

escrito por vicente


One Response to “Corazones a la deriva (III)”

  1. 1. vicente ha comentado:

    NOTA DEL AUTOR: He recuperado partes del texto original, capítulos a los que les faltaban tres o cuatro hojas y que, con mi pericia, he ido rellenando los huecos. Un lector atento encontrará las zonas parcheadas porque, me guste o no, ya no escribo como antes.
    Gracias.

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