Nov 02

Por @Vicent_Mari 

      

     Mentiría si no reconociera que he pensado mucho en tí. Mi cabeza es un vertedero de recuerdos, una pantalla donde van a parar las imágenes y las experiencias que hemos vivido y las que no. Estoy hecho de recuerdos que nunca volverán y deseos que no se cumplirán. No puedo olvidarte.  

     Todas mis fantasías huelen a ti. Tienen tu aroma, tu esencia intangible, tu aura serena y distante, esa inestabilidad a la que se une la tibia fragilidad en la que nadamos tanto tiempo. A veces pienso que todo hubiera sido más fácil si nuestros cuerpos ansiosos no hubieran colisionado y me hubieran convertido en polvo de estrellas, en lo que soy ahora, un ser vaporoso e invisible que mora en la mitad oscura de su alma.

     Te escribo esta carta para decirte esas cosas que una vez quise decirte y que no salieron de mi boca por miedo o verguenza. Cosas que tal vez, en su momento pudieron haber cambiado algo, pero que ahora son estériles, ya que no cambiarán la distancia ni los muros que nos separan. Pero a pesar de eso, deseo hacerlo. Quiero que sepas lo mucho que significaste para mí y lo que me ha marcado el tiempo que pasamos juntos: el más feliz de mi vida.

     A menudo recuerdo alguna de nuestras conversaciones, y sin pretenderlo echo de menos el tacto de tu piel, la electricidad que desprendía en contacto con la mía. Llevo tantos días amándote y echándote de menos que no puedo evitar preguntarme si podré volver a amar a otra persona después de haberte amado.

     Te he echado de menos. No sé por qué hablo en pasado. Me siento incompleto, inacabado. Todo este tiempo he sentido tu ausencia como si me hubieran arrancado una parte de mí. Todavía anhelo tu piel y busco el eco de tu presencia a cada instante, en cada lugar. No es nada nuevo. De hecho, estoy seguro de que a pesar de mi ausencia, lo sabes. Podías intuir mi vacío antes e imagino que todavía posees esa rara habilidad.  

     Este conjunto de palabras y lamentos es lo que soy, en lo que me he convertido. Mi teléfono hace tiempo que no suena, nadie viene a verme. Sólo cuando tienen problemas. No les culpo. Hasta yo mismo me detesto. Por más que intento, no consigo deshacerme de esta sensación de levedad y vacío que me acompaña y que hace ya tiempo que ha derivado en culpabilidad.

     No dejo de repetir tu nombre, tu maldito y bendito nombre… aquel que sabe a fuego y miel, que me golpea y me daña, igual que tu mirada teñida despidiéndose mientras se aleja. Son pequeños fragmentos, fotogramas de una historia que al igual que yo, ha acabado en pedazos. No puedo creer que esto terminara así. Yo, que creía que el amor era una estafa mutua compartida entre dos idiotas. Entraste en mi vida suavemente, y con el tiempo ganaste fuerza y sacudiste mi mundo como un huracán. Soy consciente de que nada volverá a ser igual después de ti. Mis escasos momentos de rabia se pierden en el denso océano de recuerdos preciosos e incorruptibles.

     En todo este tiempo no he dejado de recordarte. He escrito mucho sobre ti, sobre nosotros y he sacado conclusiones interesantes. He anotado todo lo que hubiera querido decirte y nunca te dije. Todo este tiempo habitando entre sombras me ha revelado que las cosas que no se dicen suelen ser las más importantes. Por eso he desnudado mis sentimientos y los he dibujado en miles de hojas, que he condensado en estas páginas, para que comprendas mi miedo a perderte y mi fragilidad ante ese miedo. Puede parecer absurdo y sin sentido escribir esto ahora, cuando nuestra historia acabó hace una eternidad, pero lo hago porque sé que todo esto que he escrito acabará llegando hasta tí, de alguna manera que todavía no alcanzo a comprender, por medio de un secreto plan de la Vida en el que todo parecerá casual. Pero no lo será.

     No puedo apartar tu imagen de mi cabeza más de un minuto. Estoy bajo el influjo de tu encanto, de esa mirada hipnótica e infinita. Este es uno de esos casos en los que la magia se rompe pero el hechizo permanece. ¿Por qué no puedo apartarte de mis pensamientos? ¿Por qué no puedo alejarte? ¿Por qué no puedo escapar de tu recuerdo? ¿Por qué sigues atormentándome? ¿Por qué tu imagen no me abandona?

     A veces te odio. En días como hoy. Cuando descubro que no puedo dejar de ver tu imagen o recordar el tacto de tu piel suave en mis manos o la humedad de tu boca en mis labios. Pero me he prometido que voy a escapar de esta prisión, de este recuerdo que no me deja vivir. Ya no me importa que me ames o no, pero déjame ir de ti, de tu recuerdo.

        Muchas otras mujeres te odiarán. Odiarán en que me has convertido, en un tipo exigente, que da mucho y pide mucho. Tú me enseñaste. Y cuando me pregunten quien fué diré tu nombre. Fuíste tu quien me arrancó el corazón y nunca lo devolvió.

     Aún tengo miedo de encontrarte. Que vaya por la calle y aparezcas de repente, frente a mí, y me devuelvas la mirada o me saludes. O peor aún, que ni me mires ni me saludes. Me pregunto si podré soportar que me ignores, tú que tanto has significado en mi vida. Tanto que la has alterado para siempre. Sólo de pensarlo me duele el pecho.

     Pero eso no es lo peor. No. Es lo que llega después. Tu ausencia. Aún no he aprendido a convivir con ella. Y eso que han pasado dos años. Pero nada ha cambiado. Todo sigue igual que el día después que te fuiste. Esa fría y falsa armonía que flota a mi alrededor, adulterando la realidad, fingiendo que todo sigue funcionando, pero ni de lejos es así. Mi mundo sigue convertido en cenizas. Tu nombre lo quemó.

     A veces dejo de escribir y me quedo en silencio, inmensamente quieto. Dejo entrar el silencio y espero que salga todo el conflicto que me corroe. Soy un tipo en conflicto consigo mismo. Suena más romántico de lo que es, una puta mierda. No se puede huir de los sentimientos. Lástima. Ya me habría mudado.

     La redención es para los que la desean, no para los que la necesitan. El problema es que no sé si la quiero. A veces pienso en ti sin querer escapar. No sé si eso es bueno. Me dejo llevar. Veo tu sonrisa, tu mirada líquida y celeste, esa expresión que me seduce y me atrapa… y rindo lo que queda de mí, esperando, deseando, que todo se convierta en una realidad. Estás hecha del material del que están hechos los sueños. A pesar del tiempo, aún puedo oler el perfume a chocolate, vainilla y coco de cuando entré por primera vez en tu mundo.

     Dice un amigo que sabe de estas ciencias que tiendes a enamorarte de otra persona cuando esa persona colma el concepto que tiene uno de sí mismo, su autoconcepto. En mi caso, eso podría explicar varias cosas. Muchas veces, cuando miraba tus ojos, me enfrentaba al abismo que sabía que había en mí y era una sensación de puro vértigo. Nunca me había sentido tan bien con nadie. Era una emoción tan extraordinariamente adictiva que lo demás era secundario. Me daba igual que reventara el mundo. Cuando descubrí tus labios en aquella noche helada, en ese escenario, con las luces de la ciudad a nuestros pies, supe que, para bien o mal, ya no había vuelta atrás. Ese fue el punto crítico que desencadenó todo lo que pasó después. Todas mis noches solitarias me he preguntado qué hubiera pasado si esos labios extraordinariamente esponjosos y tiernos no se hubieran posado sobre los míos.

     ¿Habría sido todo diferente? ¿Mejor? ¿Peor?  Todo son preguntas. No hay respuestas. Sólo el eco vacío y sordo permanece conmigo. ¡Que distinto era el mundo cuando me hundía en tu carne y me aferraba a tu cuerpo encendido pegado a través de caricias y deseo!

     Soy un producto de las circunstancias y el miedo. Hay quien asegura que podría ser peor. ¿Qué demonios sabrán cómo me siento? Hay quien cura mejor las heridas en compañía. No es mi caso. Mi única compañía es este triste y envejecido ordenador, un símil de mi pequeña alma gastada.

     Siempre me gustó escribir, ya lo sabes. Desde muy pequeño. Es de las pocas cosas que suavizan mi carga y me permiten seguir viviendo. Ahuyenta tu fantasma durante un tiempo. Eso me ha permitido sacar todo el dolor que tenía dentro que me estaba consumiendo. Como un quiste enorme instalado en el pecho que iba creciendo con el tiempo. Era como si me ahogase. Sentía que el corazón me iba a estallar en cualquier instante. Es lo que me ha salvado la vida y me ha permitido quedarme a este lado de la cordura.

     Me pregunto si alguna vez pensarás en mí. Ya sé que no me recordarás tanto ni tan intensamente como te recuerdo yo, pero no puedo evitar preguntarme si alguna vez, en algún momento del día habrás pensado en mí. Tal vez al despertar, o al mirar alguna flor como aquellas que te hacía llegar, o quizá al acostarte, buscando con tu mano el tacto de mi piel como otras veces hiciste. Me pregunto si notarás mi ausencia, si alguna vez mirarás alguna de nuestras fotos o si leeras alguna de mis cartas, aquellas que te mandé en tus meses de forzado exilio, mientras mi vida se hundía entre la soledad y la tragedia. Me pregunto si alguna vez soñarás conmigo, en ese tiempo en el que fuimos felices y el mundo parecía más un aliado que un enemigo.

     No sé que me consume más, si tu recuerdo o las preguntas que invaden mi cabeza. A veces deliro. Cierro los ojos y nos veo haciendo el amor. Me pregunto si no fuera a tener tu alma, si me conformaría con tu piel. No lo sé. Recuerdo el aroma que desprendía, el tímido sabor a sal de tu pecho o la calidez y suavidad de su tacto y el calor que desprendía. Ojalá tuviera una respuesta. No dejo de ver imágenes que me consumen y me matan. ¿Hasta cuándo durará esto?

    Escribo para escapar de esos recuerdos. Eso me permite enfrentarme a mis fantasmas. Tu recuerdo conoce mis debilidades y sabe donde hacerme daño. Estoy condenado a una lucha larga y dramática. Es el único camino para el olvido, si es que existe.

     Soy como un zombi, como un robot. Voy de casa al trabajo y del trabajo a casa. Nadie viene a verme ni voy a ver a nadie. Mi madre me preguntó hace unos meses si tengo amigos. Es una buena pregunta. Tuve que pensar la respuesta. Primero tendría que definir lo que entiendo por “amigos”. Me he vuelto muy exigente, así que después de pensarlo algo así como diez segundos, sé la respuesta, aunque multiplico por tres o cuatro la que le ofrecí. Tengo un par, a saber dónde. En algún lugar de Barcelona. Lo que me queda aquí son secundarios, personajes que pasaron por mi vida durante un tiempo con mayor o menor intensidad y por lo que fuera, no se quedaron. Cuando alguien no está cuando lo necesitas, yo no lo llamo amigo. Le va más conocido, secundario. En realidad, es lo que son. No hay que exagerar su valor. Me gustaría saber qué valor tengo para ti.

     Todo este tiempo consumido entre suspiros, entre imágenes y lamentos, ¿en qué me he convertido? ¿Quién era antes? ¿Quién soy ahora? No sé si busco respuestas o sólo lo que queda de mí. Actúo erráticamente, no me doy cuenta. Bueno, a veces sí y no lo evito.  

     Muchas noches en las que me despierto acosado por tu fantasma con nombre de mujer, enfundado en ese tentador vestido azul enciendo el ordenador y escribo. Otras, sea la hora que sea, la una o las dos de la mañana, cojo el coche y conduzco. Esta pasada semana me fui a las tres y pico de la mañana. Regresé que casi eran las seis. No me afecta la falta de sueño. Tal vez sea porque vivo en un falso sueño disfrazado de realidad. Alguien me dijo que cuando no podemos dormir es que estamos despiertos en el sueño de otro. Ojalá sea cierto. Ser el sueño que imaginas cuando cierras los ojos es casi mejor que ser real en esta vida.

     Mis padres están preocupados. Creen que estoy tomando alguna droga. Si yo tuviera un hijo que actúa así, también lo pensaría. Tengo una conducta de lo más extraña. Si fuera una brújula no sabría donde se encuentra el norte. Me encierro en mi habitación y escribo durante horas. A veces siento que escuchan tras la puerta, lo noto. Y cuando no escribo, duermo o estoy en babia, con la cabeza posada en una nube, justo allí donde se genera el rayo. Hay días que no cómo o me tomo un par de yogures. Otros días, para compensar, devoro todo lo que pillo. He ganado casi catorce kilos.

     El amor es un veneno. Algunos recuerdos también. Estoy envenenado por tu recuerdo y tu encanto. Un veneno adictivo y destructor que quien lo prueba vuelve a por más sean cuales sean las consecuencias. A veces creo que hubiera sido mejor que hubiéramos terminado peleados porque así no me agarraría a una fantasía que nunca pasará de eso. Tu vestido azul no me engañó. Rodeaba a alguien especial.

     Mentiría si no reconociera lo mucho que he pensado en ti. En lo que te añoro. Me rompe pensar que después de ti no habrá nadie capaz de ocupar tu lugar, ese que has dejado vacante en la inmensidad de mi alma ahora convertida en desierto y ceniza. Cierro los ojos, esté donde esté, haga lo que haga y todo vuelve a mi cabeza, como una avalancha imparable. A veces no necesito ni cerrarlos. Sólo que alguien pronuncie tu nombre.

     Hace tiempo que tomo alcohol para evitar encontrarme contigo en mis sueños. Tomo la botella y bebo hasta que mi mente se queda en blanco y desvaría. Es uno de los pocos momentos de luz que tengo en esta condena. Cuando me despierto me duele la cabeza y hay días en los que me provoco el vómito. Me da igual y a los demás también. Es lo que tiene ser un desgraciado. No le importas a nadie, ni a ti mismo.

     Hace días que no aparezco por la ducha y huelo a perro muerto. Mi habitación es una leonera, reflejo de la piltrafa en la que me he convertido. Soy un adicto a ti, un tributo a tu persona, a tu presencia, a tu recuerdo. No estoy preparado para enfrentarme a tu nombre y te llamo porque no sé estar sin ti aunque eso sea mi final. He tenido días en los que no sabía si quería escapar de este recuerdo o sólo intentaba dar pena para encontrar un poco de compasión. Sea lo que sea, no ha funcionado.

     No dejan de perseguirme nuestros momentos íntimos. Siempre me sacuden las mismas imágenes, aquellas en las que me besas exactamente como tú sabes, con sus labios repletos de saliva y calor, con el roce y el movimiento precisos para excitarme, en tu lengua salvaje explorando mis rincones. Mis dedos guardan la memoria de la curva tierna y prohibida de tus senos. Me enloquece pensar en el abismo infinito y oscuro de tus ojos, cuando recorría tus formas tentadoras y sensuales, en la frontera húmeda y caliente de tu cuerpo, cómo me la ofrecías y atrapabas mi sexo con tu ánsia y me deslizaba suavemente dentro de ti, llenándonos con la esencia del otro…

     Me cuesta aceptar que todo esto ya pasó, que nunca más volverá, que ha sido un precioso sueño que se ha desvanecido en el aire, dejando tras de sí un alma cadavérica y renqueante, consumida por el recuerdo y la culpa. Ya no volveré a ser quien era. Ese a quien conociste se extinguió. Ahora soy otro. Menos alegre, pero más duro. Alguien nuevo, distinto. Pero ahora tengo un nuevo talento.

     Una vez leí que el corazón es un cazador solitario. Suena bien. Pensé en mi situación. Mi corazón es más bien un fugitivo que quiere escapar y curar sus heridas en soledad. Me aterra pensar en que este pensamiento furtivo sea una realidad que todavía no estoy preparado para asumir. Sería muy triste vivir sin sentir, sobre todo después de haber experimentado la sensación de plenitud que viví contigo.

     Estoy obsesionado. Lo sé. Una obsesión no tiene razones, por eso son obsesiones. Lo leí en un libro. Es lo único que hago: leer y escribir. En realidad, no leo. Devoro libros. El mes pasado leí cuatro. Uno por semana. Ahora estoy leyendo “La caza del submarino ruso”, de Tom Clancy. Leo para no devorarme el alma, pero me temo que ya es muy tarde para eso. Puede que sea tarde para cualquier cosa que haga. Cuando no leo, escribo esto. Son como mis memorias. Mi legado.

     Soy como una máquina proyectando imágenes más que en vez de ser en una pared desconchada, se muestran en el ojo secreto de mi cabeza. Todo se muestra desenfocado y gris. Un reflejo de la vida que me espera.  

     Hay días que te odio, maldigo tu recuerdo y me arrepiento de haberte conocido, de haberte besado y haberte amado. La amarga sensación de vacío que me dejaste sin querer lo ha eclipsado todo. Tu recuerdo dice tu nombre una y otra vez. Sé que nunca volveré a ser quien era, porque me guste o no, me he roto. Pero sé que te pertenezco. No sé si todavía te quiero o sólo te añoro. En cualquier caso, mi corazón es demasiado pequeño para esto.

     Hace un tiempo hablaba con un conocido al que tengo cierto aprecio junto a un par de copas, en la terraza de un bar, después del típico partido de fútbol. Solíamos hablar de cosas vacías, que nos afectaban poco o nada. De pronto, como si tuviéramos un vínculo más fuerte del que yo consideraba, empezó a hablar de su vida, de sus hijos, y acabó soltando que se está separando de su mujer. Me quedé sin palabras, viendo como aquel hombre se desmoronaba. No concebía su vida sin su mujer. Ya la echaba de menos y todavía no se habían separado. Casi al mismo tiempo, lamentaba lo mal que se había portado con ella durante los últimos años. Cosas que ella no sabía.

     Suspiró y confesó que no sabía por qué me contaba todo aquello. En cierto modo, mucho de lo que dijo era muy similar a la carga que yo llevaba arrastrando durante tanto tiempo. Esa pesada losa que iba ahogando el corazón, sin que uno pudiera hacer gran cosa por evitarlo. Luego preguntó si sabía lo que era perder a la persona que más has amado y eso fue como un insulto. A pesar de que me llevara diez años, podía haberle escupido la verdad, pero no hubiera sido elegante, así que por cortesía, negué con la cabeza.

     Uno de mis mayores talentos radica en que sé escuchar. Me va mejor que abrir la boca. Así que durante casi dos horas, hasta casi la una de la madrugada, escuché los lamentos que salían del alma de aquel hombre, en el que no pude evitar verme reflejado. Un tipo derrotado consumido por la culpa y el amor. A pesar de que la relación que nos unía no era muy estrecha, ni nunca antes lo había sido, empezó a hablar, como si no tuviera a nadie más con quien hacerlo. En algún momento de la conversación incluso él mismo confesó que no sabía por qué hablaba conmigo de eso. He pensado en ello y creo saber la razón: Vió en mí el mismo dolor y alma condenada que él llevaba dentro y supo que le comprendería. 

     Durante aquel rato en el que aquel hombre se sinceraba, confesaba sus pecados y aligeraba su alma oprimida, no he pensado en ti. Ni un segundo. Fue como un bálsamo, una ilusión. Pero duró lo que un chasquido de dedos. Eso me lleva a pensar que todos no somos tan diferentes por dentro como parecemos por fuera. Todos tenemos entrañas, un corazón, y un sufrimiento y un anhelo que, de alguna forma, nos conecta unos con otros. Yo a eso le llamo Destino. Creo en esos hilos invisibles e imperceptibles que nos unen y nos separan. ¿De qué otra forma podría ser? Hace poco leí en un libro que a veces encontramos nuestro destino en los caminos que tomamos para evitarlo. Todo está escrito. Todos estamos conectados. Todos tenemos un plan del que no conocemos los detalles.

     Sé que te hice daño. Hago daño a las personas que más quiero. No lo planeo. Soy así, un analfabeto emocional, un animal intentando ser social. Perdóname aunque ya no te importe. Estas líneas reclaman tu perdón. No se me ocurre mejor manera de obtener la redención que tanto necesito.      

     Escribo esta carta que nunca te enviaré para decirte algo: Voy a escapar de ti, de tu nombre, de tu recuerdo, de tu esencia y tu veneno. Por fín he despertado de ese sueño en el que he estado sumido todo este tiempo, apartado de la realidad, viviendo en mi propio mundo en el que tu eras el eje que lo hacía posible. Pero eso ya se acabó. He perdido el miedo y encajado todas las piezas. Ahora sé que todo ese éxodo de sombras, dolor y oscuridad que he sufrido era necesario. Era mucho lo que tenía que darte, un enorme cargamento de sentimientos y sueños y que desgraciadamente, se ha quedado ahí, suspendido en ninguna parte. Tenía que vaciarme. Porque si permanecía lleno de todo eso, nadie más podría entrar ni llenarme. Ahora lo sé. Es un ciclo nuevo, un aprendizaje secreto.

     He aprendido muchas cosas. Sobre mí, sobre ti, sobre el mundo que nos rodea, ese que vemos y el que no. Nada es casual. No existe la casualidad, ni la suerte. Todo obedece a un plan. Todos tenemos un plan y todos formamos parte de otro, mucho mayor y que implica a otras personas. Giramos en ese engranaje que es la vida tocando la existencia de los demás mientras tocan la nuestra. Todas las relaciones son recíprocas. Es otra de las cosas que he aprendido. Todo lo que tocas, te toca a ti. Nuestras palabras y actos, aunque no queramos, influyen en otros y ellos influyen en nosotros.

     Durante mucho tiempo creí que eras la luz que había llegado a mi vida, aquella que podía alumbrar mi oscuro e impenetrable vacío interior. Ahora sé que fuiste más bien como un espejo. Recogías la luz que había a nuestro alrededor, la canalizabas y la proyectabas, iluminando partes de mí que nunca antes habían conocido la luz. Por eso, después de ti, la oscuridad se hizo más densa. Voy a recomponer mi alma fragmentada, aquella que dejaste atrás rota en mil pedazos. No necesito que proyectes más luz. Tomaré uno de mis pedazos, uno grande, y lo utilizaré como espejo. Tú me enseñaste a hacerlo.

     Entiendo que este período tenía que pasar. Por ti o por otra causa, pero todo este pasaje de oscuridad tenía que ocurrir. En esta hora, en este final es cuando comprendo todo lo que ha ocurrido y que era necesario para algo, todavía no sé por qué. Algún día ocurrirá algo que le dará sentido a todo esto. Es como lo de aquel típo que con un futuro prometedor, se lesionó la rodilla y truncó su carrera deportiva. Lo que en principio pareció una desgracia que asoló su vida durante años más tarde le llevó a otro terreno en el que destacó y en el que encontró la estabilidad y más tarde, la felicidad. No sólo eso, sino que además, alargó su vida, ya que el autocar en el que habría ido sufrió un aparatoso accidente en el que murieron todos los que estaban jugando a cartas, un juego del que era apasionado. ¿Tuvo suerte al romperse la rodilla o fue el Destino? Yo ya no aspiro a otra cosa que a ser feliz.

     Los dos hemos llegado al final de este viaje. Tu a tu manera y yo a la mía.

     Cuidate. Sé que serás feliz.

    

Puedes ver todos los capítulos de “Crisis” publicados pinchando en este enlace.

escrito por vicente


9 Responses to “Tu nombre me recuerda a tí (I)”

  1. 1. sarita ha comentado:

    mentiria si dijera que no es precioso.

  2. 2. Sonya ha comentado:

    Me ha encantado. Es una carta maravillosa. Una despedida a la mujer que uno ama y nunca olvidará. Precioso.

  3. 3. Rebeka ha comentado:

    Hacía tiempo que no leía algo tan bonito.

  4. 4. Clara Fosk ha comentado:

    Enhorabona! has aconseguit ficar-me a a pell de l’escriptor. He patit, he plorat i finalment m’he alliberat de l’angoixa traslladant els records al paper.
    Increïble.

  5. 5. M ha comentado:

    Me alegra que lo sientas así, siempre admiré tu gran capacidad de comunicarte a través de tus letras, sin duda alguna te has superado a ti mismo, es maravilloso que tengas el valor de descubrir tus sentimientos abiertamente, hacerlos públicos, reconocer que como persona eres frágil, reconocer el dolor sufrido te honra. En una relación de pareja, la culpa de la ruptura nunca la tiene uno solo, siempre es compartida, al igual que las alegrías o los lloros, ambos aman, ambos gozan, ambos sufren. En cualquier caso me alegra enormemente que hayas conseguido alcanzar la felicidad añorada, al fin y al cabo es lo único importante, alcanzarla y valorarla cuando la tenemos, siempre con las personas que nos acompañan en cada momento de la vida…..

  6. 6. Vicente Mari ha comentado:

    Gracias por responder. También por el escalofrío.
    @vicent_mari

  7. 7. Laura ha comentado:

    he sentido un escalofrio al leerlo. que recuerdos del insti. todos hemso tenido amores que nos han marcado. abrir el corazón para sacar el dolor en esta carta publica es una opcion.
    enhorabuena por el texto.

  8. 8. N ha comentado:

    ¡Que cosa mas bonita la que acabo de leer! Nunca habia leido nada que expresara los sentimientos de esta manera y que acabara transportandome a mi a la piel del escritor…¡Realmente precioso!

  9. 9. M ha comentado:

    He leído el libro dos veces en dos semanas. Creo que tengo que leerlo veinte veces mas para digerirlo. No estaba preparada para recibir algo así, es muy impactante para mi tener esto en la mano, no hubiera imaginado nunca leer un libro publicado por ti con este contenido. Estoy en completo shock, leerás mi crítica cuando sea capaz de escribirla…

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