Sep 07

Por Sandra Vericat

   

     El ser humano, como la mayoría de los mamíferos, nace con los instintos necesarios para garantizar su supervivencia. Sin embargo, se hace necesario un proceso educativo que permitirá al individuo ser un adulto adaptado y equilibrado. Los padres, en primera instancia, y el grupo después, tienen la responsabilidad de educar al nuevo miembro.

     Todo lo que hacemos y lo que no hacemos educa inevitablemente a nuestro hijo. No hay actos inocentes cuando hablamos de la formación de la personalidad.

     Por ejemplo, la simple elección del nombre, que suele hacerse antes del nacimiento, ya está formando a nuestro hijo. Piensen si no en cualquier nombre y verán que se evocan sentimientos de agrado o desagrado según conozcamos a otras personas que tengan ese nombre. No es lo mismo llamar Hércules a tu hijo, que es un nombre de fortaleza, que ponerle Serafín, que es un ángel del amor. Es distinto Victoria que Violeta. Más allá del significado de los nombres, éstos nos evocan sentimientos de seguridad, debilidad, simpatía…

     Si ponemos el nombre del padre, o de una abuela, de alguna manera estamos proyectando cuales son las cualidades que esperamos tenga nuestro hijo. Si le ponemos un derivado de nuestro nombre tratamos de que se parezca a nosotros con alguna pequeña variación. Seamos conscientes o no, la elección del nombre dice mucho de qué esperamos de nuestro hijo.

     Nuestros hijos somos nosotros en una nueva generación, por ello, cuando existían las familias extensas y con varios hijos, siempre se ponía el nombre de los progenitores a algunos de ellos. Cuántos Pedros hijos de Pedros crearon el apellido Pérez, cuántos Fernandos hijos de Fernandos crearon el apellido Fernández.

     Al igual que el nombre elegido influirá en la vida de nuestro hijo también lo harán los prejuicios de la sociedad en la que vivimos y los que tengamos personalmente. Estos prejuicios se transmiten a nuestros hijos de una forma sutil e inconsciente, por lo que se hacen difíciles de controlar. Una sociedad sexista genera individuos sexistas, una sociedad amable genera individuos amables. Todos nosotros estamos influenciados por ideas preconcebidas que justifican nuestros actos y que no siempre hemos analizado. Los niños al nacer no tienen prejuicios y quizás por ello son muy sensibles a los nuestros, ellos captan mejor nuestras intenciones que nuestros actos, por ello se hace necesario ser lo más coherentes posible con nosotros mismos.

     La mayor parte de la formación del individuo se realiza de forma inconsciente, es decir, el niño no es consciente de cada nuevo aprendizaje que realiza y nosotros tampoco somos conscientes de lo que estamos transmitiendo segundo a segundo. Nuestros hijos aprenden de nosotros lo que realmente somos y no lo que pretendemos ser. No es posible elegir qué aprenden nuestros hijos, ellos nos imitan en todo y son como un espejo que amplifica tanto nuestras virtudes como nuestros defectos.

     Tener un hijo es una gran oportunidad para repasar los conceptos que fundamentan nuestra vida y  modificarlos si no son lo que queremos transmitir a nuestros hijos.

    

     Sandra Vericat es la responsable de Can Rareta. Descubre más en Facebook.

escrito por vicente


One Response to “Coherencia: La importancia del nombre”

  1. 1. carla ha comentado:

    Sandra, enhorabona! qué bé has sabut explicar amb poques paraules el que molt de naltros hem pensat en alguna ocasió sobre com estam educant als nostres fills. Es veritat que educar t’obiga (o deuria fer-ho) a revisar els teus parametres de conducta… Ja estic esperant el teu proper article!. Gracies.

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