Ago 31

Por Vicente Marí

      

     Ultimamente, escucho la palabra psicomotricidad con más frecuencia que nunca. De tanto escucharla, la busqué en el diccionario, en el que se reconocen principalmente dos significados: la integración de las funciones motrices y psíquicas, y el conjunto de técnicas que estimulan la coordinación de dichas funciones. Se cree que un elevado número de fracasos escolares se deben a la falta de estimulación psicomotriz durante los primeros años de vida.   

     Los niños, hasta los cinco años se encuentran en un período evolutivo básicamente perceptivomotor, o dicho de otro modo, en el que aprende a relacionarse con su entorno a partir del movimiento, a través de sus percepciones, siendo su propio cuerpo el medio más fácil para la adquisición del conocimiento. Hay niños que por distintas razones, les cuesta aprender y adaptarse al entorno a través de su propio movimiento. El objetivo de la psicomotricidad es ayudar a través de la maduración del sistema nervioso, a conseguir una correcta organización neurológica de forma que el niño aprenda a moverse de forma satisfactoria en el entorno que le rodea.

     Los primeros años de vida del niño son vitales para adquirir un buen desarrollo motriz. La habilidad va creciendo progresivamente a partir de los 2-3 años hasta los 5-6 años, en el que inevitablemente llega un momento en el que el aprendizaje tiene a estancarse.

     La psicomotricidad propone varios ejercicios que favorecen el desarrollo motriz de los niños. Los más importantes son los de andar, correr, los ejercicios en los que trabajan el equilibrio como los saltos, volteretas, los giros en el suelo tipo rebozado de croqueta, el arrastre y el gateo. A partir de ahí se pueden desarrollar ejercicios más complejos con los que adquiriran mayor conocimiento y control sobre su cuerpo.  

     El arrastre, el gateo y la marcha tienen una enorme importancia por que muestran un patrón. Dicho de otro modo, mientras se realizan estos ejercicios, se estan utilizando las dos partes del cuepo: cuando se mueve la pierna izquierda, se mueve el brazo derecho y viceversa. Esto supone el desarrollo de los dos hemisferios cerebrales y de las conexiones que se establecen entre ambos.

     El gateo es un momento evolutivo muy importante, pues supone la adquisición de autonomía frente a los padres, ya que no necesita que ellos le transporten, lo que significa una oportunidad de descubrir y experimentar en el entorno que le rodea de una forma que nunca antes había tenido. Cuando comience a andar estará mucho más preocupado por mantener el equilibrio y será más dependiente de los adultos, tiempo que perfeccionará su nuevo logro. Mientras dura la fase del gateo, el niño aprenderá a calcular distancias en el espacio y se acostumbrará a calcular distancias y a observar objetos a una distancia de unos 30 centímetros, que será, casualmente, la distancia de enfoque que utilizará más tarde para sus labores de lectoescritura.

     “La gran mayoría de niños que no gatean tienen problemas de lectoescritura. El gateo es un ejercicio preventivo para la lectura”.

     “Cuantas más oportunidades damos a un niño para que se mueva, más favorecemos el desarrollo global de su inteligencia, y más bases sólidas ponemos para futuros aprendizajes. Por otro lado, cuando el niño consigue habilidades en el movimiento, experimenta sensaciones de dominio, de autoestima, sensaciones que favorecen su equilibrio emocional. También tiene repercusiones positivas en su capacidad para concentrarse en sus tareas escolares y para relacionarse positivamente con los demás”.

     En resumen, debemos dejar a los hijos moverse, correr, gatear, y lo que es tan importante, no limitarles ni reñirles por ello. Dejemos que se ensucien si es necesario. Dejemos que se suban y se caigan, obviamente siempre que no corran peligro. Dejemos que toquen e investiguen lo que encuentren, sin censuras. De hecho, y si no hagan la prueba, cada vez que decimos a un niño “No toques” “No corras” “No te subas ahí” “No te tires por el suelo”, lo único que conseguiremos es que ocurra todavía con más frecuencia. Además, estaremos limitando el desarrollo del pequeño y por lo tanto, su inteligencia. Estaremos cortando el desarrollo de su autodominio motriz, lo cual no sólo afectará a su destreza motora, sino también a su personalidad y autoestima. También estaremos cortando su curiosidad y ganas de saber, lo cual afectará a su actitud ante el aprendizaje futuro. Muchas veces, los padres enseñamos a nuestros hijos a “no ser inteligentes. Ni física ni emocionalmente”.

     Dejémosles aprender. Al fin y al cabo, es de lo que se trata.  

escrito por vicente


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