Dic 06

    

     Las enfermedades neurológicas, “las grandes desconocidas”, afectan a cerca de tres millones de personas en España, lo que supone un gasto medio anual de entre 5 y 10 millones de pesetas por enfermo. De entre el extenso abanico de patologías cerebrales, el parkinson, el alzheimer y el ictus son las más frecuentes.

     En la mayoría de este tipo de enfermedades el problema radica en acertar con el diagnóstico, porque los síntomas varían dependiendo de cada afectado, aunque si puede destacarse una relación de señales indicativas de cada patología, así como encontrar el tratamiento adecuado, ya que muchos tratamientos farmacológicos sólo aliviar las dolencias, pero no son curativos.
     Por otro lado, los enfermos neurológicos, sobre todo aquellos que padecen parkinson, epilepsia o esclerosis múltiple, deben acompañar la medicación con terapias de ejercicio físico, rehabilitación y del habla, entre otras, así como mucho apoyo familiar e integración social social.
     La enfermedad vascular cerebral es la causa más frecuente de incapacidad neurológica en los países desarrollados. Aunque su incidencia ha disminuido durante las últimas décadas, varios estudios sugieren que esta reducción se ha estabilizado y que la enfermedad sigue representando una causa importante de incapacidad. A pesar de que las lesiones vasculares del cerebro pueden producirse en el contexto de diversas enfermedades, la mayoría de ellas son secundarias a arterosclerosis, hipertensión o a una combinación de ambas.
Alzheimer, o el veneno del olvido
     Como si de un antiguo ultramarino se tratara, en el que las conservas se amontonan en las abigarradas estanterías, funciona la memoria. Un extenso almacén en el que los recuerdos se acomodan al lado de las citas ineludibles o los teléfonos más habituales. Sin embargo, la memoria no es eterna. Enfermedades o dejadez pueden ser la causa de la pérdida de la capacidad de recordar.
     Afirman los estudios que a los 75 años se observa una pérdida del 25 por ciento de la memoria respecto a la que se poseía a los 20 años. De este descenso, la mitad corresponde a causas orgánicas y la otra mitad a causas psicológicas. Pero memoria no hay sólo una. El cerebro humano goza del privilegio de distribuir los recuerdos en tres niveles.
     La enfermedad de Alzheimer es la causa más frecuente de deterioro mental, tanto en el periodo presenil (convencionalmente fijado a los 65 años) como en el senil. En Estados Unidos, entre el uno y el seis por ciento de las personas mayores de 65 años padecen el mal de Alzheimer y esta prevalencia tiende a incrementarse con la edad.
     La enfermedad se manifiesta entre los 40 y los 90 años. Los síntomas iniciales suelen ser una pérdida de la memoria reciente y falta de concentración, a la que, imperceptiblemente, se suman progresivas dificultades para la expresión y comprensión del lenguaje. El paciente, consciente de su menoscabo puede mostrarse ansioso y deprimido. En algunas ocasiones aparecen rasgos psicóticos y trastornos de la personalidad, sobre todo en las etapas intermedias de la enfermedad. En un pequeño porcentaje de casos se producen alteraciones del sistema motor en forma de mioclonías y rigidez extrapiramidal. Suele conservarse el control de esfínteres durante gran parte del curso clínico. Al final, el paciente pierde su capacidad de percepción, de hablar y de moverse, quedando en lo que se conoce como estado vegetativo.
     La enfermedad es inexorablemente progresiva. En su evolución se distinguen tres estadios sucesivos.

  • Primer estadio. El enfermo sufre olvidos, está sujeto a bruscos cambios de humor y puede tener problemas en la utilización del lenguaje, pero todavía es capaz de desarrollar su actividad cotidiana.
  • Segundo estadio. Se caracteriza por una notable alteración de la memoria reciente, el lenguaje se empobrece y la comunicación con los demás se va reduciendo progresivamente. El comportamiento está sometido a reacciones desmesuradas, el paciente tiene dificultades en la manipulación de los objetos y ya no es capaz de enfrentarse solo a la vida cotidiana
  • Tercer estadio. En él, el paciente puede conservar la memoria emocional, pero su humor es imprevisible y se limita a balbucear palabras sin comprender lo que se le dice, pierde el control de los esfínteres, le cuesta tragar y su actividad cotidiana ha desaparecido completamente. La muerte sobreviene, por lo general, como consecuencia de las complicaciones entre los cuatro y los diez años desde el inicio.

Las tres memorias
     Memoria sensorial: es el primer almacén de memoria donde llega la información que recibimos por los sentidos. De momento, no se han observado déficits en la memoria sensorial. Las deficiencias a nivel de los órganos de la visión (menor capacidad de acomodación, necesidad de más luz…) no afectan a la memoria sensorial.
     Memoria a corto plazo: es un almacén limitado, donde la información está de modo transitorio. En general, no hay alteraciones que dependan de la edad. Sin embargo, en tareas que implican división de la atención (o atender a varios estímulos a la vez) o cuando la información debe ser organizada o codificada, las personas de más edad encuentran dificultades. También surgen problemas cuando se necesita “rapidez” en las pruebas de recuerdo, las personas mayores son más lentas.
     Memoria a largo plazo: su capacidad es ilimitada. La información proviene de la memoria a corto plazo. Hay diferencias importantes relacionadas con la edad. Los hechos remotos se recuerdan bien, aspecto éste en el que no hay diferencias respecto a los jóvenes. El problema aparece en el recuerdo de hechos recientes: las personas de edad avanzada no recuerdan qué hicieron hace dos días, de qué hablaron ayer, qué querían buscar hace un minuto…
Ictus, cuando el cerebro se ahoga
    El ictus es un trastorno brusco de la circulación cerebral que altera la función de una determinada región del cerebro. Son varias sus manifestaciones, aunque todos tienen en común su presentación brusca y que suelen afectar a personas mayores, aunque también pueden producirse en jóvenes.
     El ictus se produce cuando un coágulo de sangre bloquea una vena o arteria o cuando éstas se rompen y se interrumpe el flujo hacia una zona del cerebro. Las células cerebrales de esa área, que recibe el 20 por ciento o menos del riego sanguíneo habitual, se mueren y se desencadena un proceso que pone en peligro las células del tejido cerebral.
- Ictus trombótico o trombosis cerebral: Es un ictus isquémico causado por un coágulo de sangre (trombo), formado en la pared de una arteria importante, que bloquea el paso de la sangre a una pared del cerebro.
- Ictus embólico o embolia cerebral: Se trata de un ictus isquémico que, igual que el trombótico, está generado por un coágulo de sangre, que, sin embargo, se ha formado lejos del lugar de la obstrucción, normalmente en el corazón, este coágulo se denomina émbolo.
- Ictus hemodinámico: Dentro de los ictus isquémicos es el más infrecuente. El déficit de aporte sanguíneo se debe a un descenso en la presión sanguínea, como cuando se produce un parada cardiaca o una arritmia grave, pero también puede ser debido a una situación de hipotensión arterial grave y mantenida.
- Hemorragia intracerebral: Es el ictus hemorrágico más frecuente. Una arteria cerebral profunda se rompe y deja salir su contenido sanguíneo, que se esparce entre el tejido cerebral circundante, lo presiona y lo daña. La gravedad de este tipo de ictus reside, no sólo en el daño local, sino en el aumento de presión que origina dentro del cráneo, lo que afecta a la totalidad del encéfalo y pone en peligro la vida.
- Hemorragia subaracnoidea: Es una hemorragia localizada entre la superficie del cerebro y la parte interna del cráneo. Su causa más frecuente es la rotura de un aneurisma arterial (porción anormalmente delgada de la pared de una arteria, que adopta forma de globo o saco).
     Los ictus se presentan de forma súbita y son el resultado de una serie de hábitos de vida y de circunstancias personales poco saludables. Los vasos sanguíneos son el blanco de estas agresiones y, tras años de sufrir un daño continuado, expresan su queja final y rotunda: el ictus.
Síntomas de alarma del ictus

  • Pérdida del tono muscular de la cara, brazo y/o pierna de un lado del cuerpo de inicio brusco
  • Trastornos de la sensibilidad, sensación de “acorchamiento u hormigueo” de
    la cara, brazo y/o pierna de un lado del cuerpo, de inicio brusco.
  • Pérdida súbita de visión, parcial o total, en uno o ambos ojos.
  • Alteración repentina del habla, dificultad para expresarse, lenguaje que cuesta articular y ser entendido.
  • Dolor de cabeza de inicio súbito, de intensidad inhabitual y sin causa aparente.
  • Sensación de vértigo intenso, inestabilidad, desequilibrio o caídas bruscas inexplicadas, si se acompañan de cualquiera de los síntomas anteriores.

Factores de riesgo para desarrollar ictus

  • Hipertensión arterial. Es el factor de riesgo más importante para un ictus. Por ello, debe seguir controles de presión arterial periódicamente. La alimentación debe ser baja en sal y la comida fresca, consuma fruta y verdura diariamente para aumentar el potasio de su dieta.
  • Tabaco. El consumo de tabaco está relacionado con la obstrucción de las arterias del cerebro y del corazón. Además, la nicotina aumenta la tensión arterial.
  • Diabetes. El aumento de glucosa en la sangre tiene efectos perjudiciales en todas las arterias del cuerpo, incluido el cerebro. Además, produce complicaciones que aumentan el riesgo de sufrir un ictus.
  • Colesterol. El consumo de grasas, especialmente si tiene alto el nivel de colesterol, hace que aumenten las lesiones arteriales (arteriosclerosis) que pueden desencadenar un ictus.
  • Anticonceptivos hormonales. Los antiguos anticonceptivos hormonales modificaban los niveles de colesterol y aumentaban el riesgo de padecer enfermedades cardiacas y de ictus, especialmente en mujeres fumadoras e hipertensas. Los nuevos, con menor cantidad de estrógenos, no parecen presentar estos riesgos.
  • Alimentación. Es primordial seguir una alimentación adecuada a las enfermedades que se padezcan (diabetes, hipertensión, hipercolesterolemia…), pero, en cualquier caso, hay que evitar el sobrepeso. Por ello, se debe comer sólo lo necesario para mantener o disminuir el peso.
  • Ejercicio físico. El ejercicio ayuda a consumir posibles excesos de glucosa en la sangre, reduce el peso y permite un mejor control de la tensión arterial. Mejora también el funcionamiento del corazón y reduce el riesgo de sufrir infartos de miocardio. Aumenta la elasticidad de los músculos y articulaciones.

     

Extraído de la web www.sabervivir.es

escrito por Administrador


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