Oct 01

Por Neus Cardona

 

hermanos_bebe     Un estudio reciente calcula que al menos, uno de cada cinco hijos duerme con sus padres después de los dos años. Eso representa un 20 %, lo que es una cifra desorbitante que revela una actitud demasiado permisiva de los educadores. Muchos de los padres que leerán esto, quizá sean parte de ese porcentaje. Eso es debido a una mala planificación del hábito del sueño. En este reportaje, vamos mostrar cómo se ha llegado a esto (aunque algunos ya lo saben perfectamente), y qué podemos hacer para corregir esta situación.

     El sueño y la alimentación son los dos primeros hábitos que tienen que aprender los niños. La tarea del bebé en sus primeros meses de vida es adaptarse a la vida fuera del útero, por lo que pasa entre 16 y 18 horas durmiendo, aunque no seguidas. El sueño es imprescindible para la vida, para la recuperación de las funciones fisiológicas y para la adquisición de nuevas capacidades. En un bebé, la importancia del sueño es todavía mayor, puesto que el sueño influye poderosamente en el proceso de aprendizaje continuo en el que están inmersos. Además, se ha comprobado que durante el sueño aumenta la producción de la hormona del crecimiento, y esta es una de las razones por las que los niños necesitan dormir más que los adultos.

     Cuando un niño no duerme bien, sus padres tampoco lo hacen. Eso no es nuevo. Como consecuencia, no descansan lo suficiente, no se concentran en el trabajo, están irritables y dedican cualquier momento libre para recuperar horas de sueño, con lo que disminuyen el tiempo para disfrutar de su hijo.

    Se estima que el treinta por ciento de los niños tienen problemas con el sueño. La buena noticia de esto es que la mayor parte están estrechamente relacionados con un mal hábito al dormir. Cuando un niño no adquiere un hábito de sueño adecuado es muy probable que, en torno a los dos o tres años, las pesadillas y los terrores nocturnos aparezcan con más fuerza y se alarguen en el tiempo más de lo que se considera habitual.

Estas son las horas de sueño que necesitan en cada momento de su vida:

 

- Bebé:                15 – 16 horas diarias.

- 1 a 5 años:        12 horas diarias.

- Preescolar:        10 – 12 horas diarias.

- Escolar:            10 horas diarias.

- Adolescente:     9 horas diarias.

- Adulto:              7 – 8 horas diarias.

- Anciano:            6 – 7 horas diarias.

 

     Como ya hemos dicho antes, la alimentación y el sueño son los dos primeros hábitos que el niño debe aprender, y los padres deben ayudarle en ese proceso. Un niño no puede dormir con sus padres hasta que decida que quiere hacerlo solo. Un niño no tomará la decisión de abandonar la cama de sus padres, en la que está tan bien y se siente acompañado y seguro.

     Los niños nacen sin saber dormir toda la noche seguida y deben aprender a hacerlo para evitar problemas en la edad adulta. Está demostrada la relación entre los niños con el hábito del sueño inadecuado y alteraciones de sueño en la edad adulta. Además de dormir toda la noche, los niños tienen que aprender a conciliar el sueño, algo que los adultos, en la mayoría de los casos, hacen de forma automática.

     El niño debe ir ganando autonomía poco a poco, y si los padres le enseñan a dormir solo desde pequeño, evitarán que el sueño se convierta en un quebradero de cabeza y una fuente de preocupaciones. Enseñarle a dormir solo es enseñarle a enfrentarse a los problemas y a solucionarlos, es potenciar su confianza en sí mismo y su independencia, aspectos clave en nuestra sociedad. La forma en la que se trata al niño desde que nace influye decisivamente en su comportamiento de adulto.

     El sueño de los niños experimenta un proceso evolutivo en el que influyen la maduración, el desarrollo y el aprendizaje. Algunas de estas diferencias van desapareciendo a medida que el niño crece y madura a nivel neurológico. Otras desaparecen gracias a las enseñanzas de los padres.

    

Instaurar el Hábito del Sueño. 

     Hagamos memória: retrocedámos hasta los tres primeros meses de vida de un bebé. Preguntémonos por qué protesta. Estas son las razones más frecuentes:

 

-          Cuando tiene hambre.

-          Cuando quiere que le cambien los pañales.

-          Cuando está enfermo o le duele algo. Recordemos que es la edad de los cólicos del lactante.

-          Cuando tiene frío o calor.

-          Para pedir contacto y cariño.

 

     Sueño y llanto están estrechamente relacionados en esta edad. No hay que preocuparse si el niño no responde a un patrón de comportamiento concreto respecto al sueño: se dormirá en cualquier sitio y a cualquier hora. Pero a esta edad es bueno, y muy recomendable empezar a marcar pautas para establecer un correcto hábito del sueño. El recién nacido no tiene capacidad cognitiva para recordar secuencias completas, pero sí la tiene para ír haciendo pequeños aprendizajes basados en recuerdos de aspectos cotidianos que tienen que ver con él. El ritual que rodea al sueño, por ejemplo.

     En los tres primeros meses se pueden repetir con el niño pequeños gestos que le ayudarán a dormir solo y con placidez. Dichos gestos no sólo beneficiarán al pequeño, sino también a los padres, que verán disminuidas las interrupciones de su propio sueño.

El ritual más frecuente consiste en:

-          Conviene bañar al bebé antes de acostarlo: le ayudará a relajarse y es un buen punto de partida de cara a la rutina que vamos a establecer.

-          Se recomienda dejarlo en su cuna sin luz y con un poco menos de ruido que durante el día; no es necesario que la casa esté en completo silencio. Podemos bajar las persianas pero mantener el televisor encendido con un volumen un poco más bajo de lo habitual.

-          Es preciso atenderle cuando empiece a protestar. No conviene que llegue al llanto desconsolado, ya que será más difícil calmarlo. Cuando a un bebé se le deja llorar demasiado antes de darle la comida, se altera tanto que no es capaz de coger el pecho o el biberón antes de relajarse, y lo mismo ocurre para conciliar el sueño.

-          Es conveniente limitarse a darle el pecho o el biberón sin juegos ni charlas. Así irá entendiendo que la noche no tiene la misma actividad que el día.

-          Se recomienda tener preparada una luz de baja intensidad para no desvelar al niño cuando coma y encenderla sólo para este fín. Una lamparita en la mesilla de noche es suficiente.

-          Es preferible no dormirlo en brazos e intentar no mecerlo. En caso contrario, necesitará que se le meza cada vez que vaya a dormirse y, cuando se despierte, llorará para pedirlo. Darle la leche, dejar que expulse el aire, cambiarle el pañal y, una vez que esté tranquilo, dejarlo en la cuna es lo más recomendable.

-          En muchas ocasiones, el bebé se duerme mientras come. En este caso es mejor dejarlo en la cuna, aunque se despierte. Es normal que gimotee un poco. Si el gemido persiste, se le puede acariciar la espalda o la tripa para que se tranquilice, pero en la cuna.

-          Cuando un bebé ha adquirido un patrón de sueño y se lo salta –pasa del gimoteo al lloro desconsolado-, lo más habitual es que tenga gases. En este caso, hay que cargarlo en el hombro hasta que los expulse y, cuando esté tranquilo, dejarlo en la cuna. Si no son gases y persiste el lloro, puede que esté enfermo o le duela algo. Los padres tendrían que quedarse con él y consolarlo hasta encontrar un remedio.

-          Es necesario instaurar hábitos a base de repetir rutinas a las que el niño asocie objetos, lugares y momentos. Hacerlo siempre de la misma manera le da tranquilidad y facilita que vea con normalidad el hecho de dormirse solo y durante toda la noche. El hábito del sueño se aprende por repetición de una rutina y se trabaja desde que el niño nace.

-          La respuesta a sus demandas hará que el bebé repita o no una serie de comportamientos para obtener lo que quiere. Dicho de otro modo, si los padres llevan un tiempo disminuyendo los ratos de atención a su hijo, éste puede elegir la noche para protestar y reivindicar más atención. En este caso habría que dedicarle más tiempo durante el día, y tal vez así erradicaríamos el problema.

-          La sensación de hambre podría llegar a ser un problema. Si el niño sigue despertándose por las noches para pedir comida, es conveniente acudir al pediatra. En cualquier caso es recomendable evitar darle el pecho a mitad de la noche, ya que puede convertirse en un consuelo al que se acostumbrará y que necesitará para conciliar el sueño. Se recomienda hacerlo durante el día.

-          Los frecuentes catarros de los primeros meses y la aparición de los dientes también alterarán su sueño. Cuando se despierte hay que atenderlo, cogerlo y tranquilizarlo.

     Tengamos paciencia. Una vez que se esten instaurando una serie de pautas para que el niño aprenda a dormir, la constancia y la firmeza serena serán las mejores armas para conseguir que el pequeño duerma bien, y por extensión, los adultos también.

     Durante las primeras semanas, los periodos de sueño seguidos son cortos, ya que los niños se despiertan cuando tienen hambre y vuelven a dormirse cuando se sacian. En esa etapa, el sueño del bebé empieza a inclinarse ya hacia la noche. Ya entienden que no es igual dormir por la noche que hacerlo durante el día: de noche hay oscuridad y todo está en calma, mientras que de día hay más claridad y se aprecian los ruídos habituales de la casa y el exterior.

     A partir del cuarto mes, la mayoría de los bebés duermen unas cinco horas por día y unas 10 por la noche, con uno, dos o tres despertares. Es un buen momento para empezar a establecer una rutina para dormir. Se puede empezar practicando cualquier actividad relajante justo antes de ír a la cama o a la cuna. De esta forma, el bebé asociará esa actividad previa con el momento de írse a dormir.

 

De seis a nueve meses: empieza la educación.

      El bebé sigue durmiendo unas 14 horas diarias. La única diferencia con la fase anterior es que no existe una asociación tan fuerte entre alimentación y sueño. A partir de los seis meses se puede empezar a enseñar al bebé a dormir, aunque son muchos los padres que empiezan antes, a los tres, cuatro o cinco meses.

     A los seis meses, el sueño del niño cambia. Ya no tiene solamente dos fases, REM y NO REM, sino que empieza a parecerse al sueño de los adultos. Son frecuentes los despertares nocturnos, pero los padres deben saber que la mayoría de las veces el niño es capaz de dormirse solo. Es importante que no asocie el despertar con la presencia inmediata de sus padres, porque de lo contrario, será muy difícil que aprenda a dormirse solo.

 

De nueve meses a un año: sueño reparador.

     A partir de esta edad, la actividad física del niño empieza a influír en su sueño. Gatea o repta, es capaz de ponerse en pié agarrándose a algo, dice sus primeras palabras, aplaude, se despide con las manos, etcétera. Todas estas habilidades físicas hacen que se canse, y ello se refleja en su manera de dormir.

     Los niños de 10 a 12 meses suelen dormir entre once y doce horas por la noche y dos siestas de una hora aproximadamente. No es raro que se despierten por la noche y lloren. En este caso, se debe acudir a calmarlo, pero sin encender las luces y con mucha tranquilidad. También es habitual que se acuerden de los padres –sobre todo de la madre- y los extrañen al despertarse. No es más que la ansiedad por la separación que experimentan todos los niños, más patente en unos que en otros.

   

De uno a tres años: La consolidación del hábito.

     Las horas de sueño a esta edad oscilan entre diez y trece horas, repartidas entre la noche y una o dos siestas durante el día. Para muchos niños es un período de transición de las dos siestas diarias a la siesta única. Existe la creencia de que si el niño no duerme la siesta, dormirá mejor por la noche, pero lo cierto es que si se suprime la siesta, se mostrará más cansado y de mal humor.

     Otra creencia errónea es que si se acuesta más tarde por la noche, dormirá mejor. Un niño muy cansado o somnoliento tiene más dificultades para conciliar el sueño. Su cerebro está preparado par dormir a una hora determinada, en torno a las ocho, nueve o diez de la noche. Si se retrasa la hora de acostarse, es posible que le cueste más dormirse y que esté más activo, lo que va a dificultar la conciliación del sueño.

     En esta etapa se produce el momento clave para consolidar el hábito de dormir. Pese a que en torno a los dos años los niños se niegan con frecuencia a cumplir las reglas, los padres deben mantenerse firme en la implantación de las rutinas, sobre todo en la que nos ocupa. Se les puede hacer partícipes de la rutina –pueden elegir el muñeco para dormir, el pijama, el cuento, etc.-, lo cual hará que se sientan con cierto dominio pese a que el control sea de los padres.

     En este período pueden aparecer las temidas pesadillas y los terrores nocturnos. A los niños les cuesta distinguir entre fantasía y realidad en los contenidos de los sueños. Por eso, no saben cómo reaccionar ante lo que sueñan ni saben por qué lo sueñan. Más adelante veremos cómo hacerles frente.

    

De cuatro a seis años: la edad preescolar.

     A esta edad es posible que todavía tenga pesadillas. En este caso es conveniente evaluar si existe algún problema en el colegio o reflexionar sobre el contenido de las películas o programas de televisión que ve. Si el problema persiste, hay que consultar con un especialista.

     Alrededor de los cuatro años, se puede empezar a prescindir de la siesta, pero conviene que después de comer haya un momento de tranquilidad o juego relajado. De todas formas, como cada niño es diferente, si se muestra muy cansado o irritable durante la tarde, es posible que necesite un poco de descanso. Los niños en edad preescolar duermen entre 11 y 12 horas. Un buen horario es de ocho de la tarde a ocho de la mañana. Ese horario es poco posible de mantener debido al actual ritmo frenético de nuestra sociedad actual. En muchas familias se mantiene despierto al niño para que lo vean los padres cuando llegue a casa. Hay que tener en cuenta que existe una hora en la que el cerebro está preparado para el descanso y es mejor darle prioridad y buscar otros momentos para estar con el niño.

    

Problemas relacionados con el sueño

     Los trastornos del sueño se suelen dividir en disomnias y parasomnias. Las disomnias afectan a la cantidad, calidad o duración del sueño y los trastornos del ritmo cardíaco. Las parasomnias son alteraciones que ocurren durante el sueño o la transición del sueño a la vigilia. Son habituales en los niños, ya que muchas de ellas forman parte de su desarrollo normal, aunque en algunos casos se hacen crónicas y se convierten en trastornos. Son las pesadillas, los terrores nocturnos, el sonambulismo, el bruxismo y la somniloquia. Ahora haremos una breve incursión en el insomnio, pesadillas y terrores nocturnos, que son los trastornos mayoritarios.

- Insomnio infantil: Es un trastorno que se caracteriza por la dificultad del niño para dormirse solo, los despertares frecuentes por la noche con dificultad para conciliar el sueño de nuevo sin ayuda, el sueño superficial y la disminución de su duración. Existen dos causas fundamentales: los malos hábitos y los problemas psicólogicos debidos a acontecimientos como un cambio de casa, el nacimiento de un hermano o un viaje. Sólo dos de cada cien niños sufren insomnio por problemas psicológicos. En el 98 % de los casos, el trastorno se debe a los malos hábitos. Los expertos señalan que un niño de un año que no sea capaz de dormir sin interrupciones durante toda la noche –unas ocho horas- debe ser reeducado o estimulado para conseguirlo. No se nace sabiendo dormir, se aprende. Hay que enseñar a dormir al niño por sus propios medios.

     Se puede hablar de insomnio infantil por malos hábitos si entre los seis meses y los cinco años el niño no es capaz de: acostarse sin llorar, conciliar el sueño por sí mismo, dormir entre 10 y 11 horas seguidas o hacerlo en su habitación y casi a oscuras.

     Si su hijo sufre insomnio, debe buscar ayuda. El problema no se solucionará por sí solo.

- Pesadillas: Junto con los terrores nocturnos son las parasomnias más frecuentes en la infancia. Se estima que alrededor del 25 % de los niños sufren pesadillas. Son sueños angustiosos que despiertan al niño, el cual se muestra asustado pero orientado, y algo activo en el área motora. Cuando acuden los padres es capaz de hacer un relato coherente de la pesadilla. Suelen aparecer a partir de los dos o tres años de edad y generalmente estan relacionadas con fenómenos que provocan inquietud en el niño, duran unas pocas semanas y disminuyen a medida que aminora o desaparece el fenómeno causante de la ansiedad.

     Si las pesadillas se producen con mucha frecuencia –en especial si el niño tiene siete años o mas-, es conveniente consultar con un especialista y realizar un análisis exhaustivo.

     Se recomienda: conocer las preocupaciones del niño (en el colegio, con sus amigos, etc), y ayudarle a resolverlas y evitar que se exponga a estimulos angustiosos como películas o relatos de terror antes de dormir.

     Cuando un niño se despierta por una pesadilla hay que acudir a tranquilizarlo y después, salir de su habitación para permitir que vuelva a dormirse solo. Recordemos que, a pesar de que impresionan a los padres por lo escandaloso que puede ser el comportamiento del niño, forman parte del desarrollo evolutivo normal cuando se dan entre los tres y seis años.

- Terrores nocturnos: Muy similares a las pesadillas, se caracterizan por gritos, movimientos bruscos, sudoración y taquicardia. En la mayoría de los casos, el niño se incorpora, y aunque tenga los ojos abiertos, no se encuentra realmente despierto. Se deben a que se producen durante las fases de sueño profundo, en las que es más difícil despertar. Al cabo de unos instantes se duerme con tranquilidad y al despertar no recuerda el suceso. Suelen aparecer en torno a los dos o tres años de edad y cesan de modo espontáneo. Cerca del 3 % de los niños lo sufren.

     También está comprobado que los niños que tienen un hábito de sueño inadecuado tienen más probabilidades de sufrir terrores nocturnos que los que tienen un hábito inadecuado.

     Se recomienda que, si el niño está muy cansado a la hora de dormir, aumenta la probabilidad de que aparezcan terrores nocturnos. Es conveniente acostarlo antes de que esté muy cansado.

     En caso de que el niño sufra un terror nocturno, se le puede acariciar para calmarlo,y al cabo de unos minutos volverá a dormir con tranquilidad.

     Si el trastorno se alarga en el tiempo, se debe consultar con un especialista.

    

Estrategias para dormir

     Una vez que el niño es mayor y no ha adquirido correctamente el hábito del sueño, conviene reeducarlo y tomar las pautas que se daban al principio (Instaurar el hábito del sueño). Como hemos dicho antes, son muchos los niños que duermen con sus padres porque estos son demasiado permisivos y permiten que el control lo lleven los hijos y no los padres. Esto es un error fatal que se manifestará en todo su esplendor en cualquier momento. El control de la situación siempre debe ser de los padres y no al revés. Tengamos presente que si adoptan el hábito del sueño, adoptarán otros hábitos igualmente beneficiosos para ellos.

     Los padres no deben ser permisivos ni blandos. Deben ser firmes pero no dictatoriales. Si un hijo duerme en la cama con los padres, se necesitará un proceso de adaptación, puesto que no irá a su cama por propia voluntad ni de un día para otro. Este proceso necesitará un tiempo.

     Devolver un hijo a su cama va a ser complicado, pero ante todo, será duro y habrá momentos de crisis e incluso puede que de violencia, pues si ya estaba acostumbrado a compartir cama con sus padres, no renunciará a ella fácilmente. Por eso es necesario ser firmes y pacientes. No podemos dar nuestro brazo a torcer. Nuestra voluntad debe permanecer por encima de la rabieta y el enfado del pequeño. Ya debe empezar a desarrollar lo que se llama “tolerancia a la frustración: las cosas no siempre salen como él desea”.

     Hay que establecer una rutina, tal como hacíamos cuando era un bebé de pocos meses. La repetición de esa rutina le irá acostumbrando a adquirir el hábito y cuando lo haya adquirido no hará falta repetirlo, puesto que ya lo tendrá asumido y automatizado.

- El baño antes de ír a dormir. Eso le anunciará que viene la noche y que se acerca el momento de dormir. Es una actividad de juego relajado para disfrutar. En niños más mayores tal vez no sea necesario.

- Hablar con él y hacerle entender que ya es mayor, que todos en la casa tienen su sitio y enseñarle cual es el suyo, su espacio y que debe ocuparse de él, y cada cual, del suyo. Hacerle entender que aunque no duerma en la misma cama que los padres, ellos estarán pendientes de él. Incluso si es necesario, uno de los padres debe estar con él cuando se duerma, leyéndole un cuento o sencillamente haciéndole compañía para tranquilizarle.

- Es importante transmitir firmeza y seguridad al llevar a cabo la rutina. Si ellos perciben que estamos indecisos, o que uno de los dos no está firmemente convencido, aunque el otro lo esté mucho, son capaces de provocar la división de los padres, lo que no beneficiará al niño y socavará la autoridad de los padres en ese momento y en el futuro. La rutina se ha de poner en práctica con los dos padres firmemente convencidos de que van a hacer lo mejor para su hijo.

- Es posible que al principio quiera llamar la atención para regresar a la cama de sus padres con quejas de todo tipo: “me duele la barriga, tengo frío, estoy incómodo”, e incluso llorar amargamente y de forma sonora. No hay que caer en sus quejas, ya que son estrategias para recuperar el trono perdido. Una vez que empecemos, no podemos dar un paso atrás. No debemos dar ni un paso atrás.

Es más probable que el niño adquiera un hábito de sueño apropiado si:

a) antes de acostarse realiza una actividad tranquila que le ayude a conciliar el sueño.

b) duerme siempre en su cuarto.

c) se acuesta siempre a la misma hora.

     Siguiendo estos sencillos pasos, en poco tiempo, en mucho menos del que los padres esperan, tendremos al niño durmiendo en su habitación sin incidentes. Hay que recordar que un buen hábito del sueño ayuda al niño en muchos otros aspectos, como pueden ser el madurativo, neurológico, de aprendizaje e incluso de autocontrol.

 

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